la quema

Quema

Por María Pía López

La Quema como punto de inflexión. El fuego para conjurar miedos y como símbolo de poder. Se quema el corpiño en la hoguera, se queman libros por miedo a la palabra escrita. Fuego que es calor, asilo, invitación y amistad. Fuego que también es amenaza, quema de humedales y bosques. «Que arda lo que nos persigue y lo que nos oprime», dice María Pía López en este ensayo que da inicio al ritual.

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¡Que arda!, se canta en algunas movilizaciones feministas, como un mantra. El miedo, ¡que arda! La hoguera en la que se quemaron a las acusadas como brujas —en ese cruento despojo del poder y del saber de las mujeres, y la reconversión entera de los vínculos— es invertida: lo que debe quemarse es lo que amenaza (el cadalso, la persecución, el terror, la difamación). Que arda lo que nos persigue y lo que oprime. El corpiño, a la hoguera, junto con el miedo. Imágenes como esas han poblado las luchas, porque el fuego arrastra esa fuerza de redención. Muchas veces, supone una idea de purificación. Se quema para limpiar de cuajo lo que está manchando el mundo. O los símbolos del poder depuesto o los lugares en los que se materializaba una legitimidad discutida: de la quema de las Iglesias en los tramos finales del primer peronismo, al incendio de bibliotecas en los barrios populares que rodean París en los albores del siglo XXI.

El fuego es fuerza en las revoluciones y en cada uno de esos intensos momentos es posible encontrar imágenes de la quemazón de muebles y oropeles del poder, de archivos policiales en la Rusia revolucionaria, de deudas financieras en la rebelión estudiantil chilena, de instrumentos de tortura. Entre los adversarios a la Comuna de París, se agitaba el miedo a las pétroleuses: las mujeres que arrastraban bidones de combustible para incendiar los lugares del poder. Hay quienes dicen que no existían las incendiarias, sino que eran militantes de la Unión de mujeres por la defensa de París y el auxilio a los heridos, pero la imagen tiene la fuerza de evocar a la bruja rebelde, a la herética que habría vuelto de la hoguera a la que fue condenada para convertir todo en fogata. Una suerte de fantasma que atemoriza al mundo. Cómo no se iban a asustar las elites si las mujeres organizadas como militantes de la Comuna eran miles. Fogosas, entusiastas, radicalizadas. Quedaron las Memorias de Louise Michel, que sobrevivió para contarlo, y los rastros luminosos de Elisabeth Dmitrieff, una joven rusa militante de la Internacional, que antes de recalar en París y fundar la Unión de Mujeres había pasado unos meses en Londres, discutiendo con Karl Marx la importancia de la estructura comunal en Rusia. 

Hogueras. El fuego también es ejercicio de poder, mecanismo de disciplinamiento, se quema lo que es visto como peligroso. La dictadura cívico-militar, entre sus muchos actos oprobiosos en las sombras (la extensión de una máquina de muerte clandestina), cometió también sus desmanes ejemplificadores a la luz del día. Inolvidable la quema de más de un millón de publicaciones (libros y fascículos) un 26 de junio de 1980 en Sarandí. Habían sido editados por el Centro Editor de América Latina —esa editorial empeñada en hacer libros para más lectorxs— y un proceso judicial iniciado por el gobierno de facto terminó con la orden de quemazón de todo lo que estaba en el depósito de O’Higgins y Agüero. Se quemaron veinticuatro toneladas de material impreso. Algunxs de lxs trabajadorxs de la editorial fueron obligadxs a presenciar el acto de bibliocastia. La censura, la prohibición, la destrucción tratan al libro como peligroso, como si cada página fuera un carbón encendido que al contacto del aire pudiera producir un incendio de magnitudes. Se queman libros cuando son considerados amenazantes, no cuando su propia existencia ha sido sometida al régimen mercantil y todo da lo mismo porque la cuestión pasa menos por la potencia de decir una verdad desde la palabra escrita que por la capacidad de producir una falsía, una fake news. No una fabulación literaria, sino el aporte a la confusión general, a la imposibilidad de distinguir lo que corresponde al orden de los hechos de lo que es pura maquinación. No extrañamos las hogueras de libros, pero sí la peligrosidad de las escrituras para el poder.

En la década de 1830, Flora Tristan viaja sola a Perú. Busca el contacto con su familia paterna y afirmar, infructuosamente, su derecho a la herencia. Visita conventos y una hacienda azucarera. Ve, allí, a esclavas encerradas en celdas de castigo. Fugitiva de la opresión patriarcal, en América Latina advierte el vínculo entre ese dominio y la explotación laboral. A su regreso a Europa, escribe un libro de crónicas sobre el viaje: Peregrinaciones de una paria. Cuando llega un ejemplar a Arequipa, a manos de su familia, se organiza una quema pública en la plaza de la ciudad: el libro y un retrato de la autora arden en las llamas. Como una ceremonia de condena con cuerpo ausente, se replica la hoguera inquisitorial. El Tribunal del Santo Oficio radicado en Lima había sido suspendido en 1813, pero persiste su memoria en el castigo de ser «quemados en estatuas». Flora, esa viajera, de niña había conocido a Simón Bolívar y a Simón Rodríguez. De adulta, su camino se cruza con el de Marx, aquel que conversaría con una joven feminista rusa décadas después. 

Marx, también, el autor de los libros más perseguidos: ¿cuántos de ellos habrán sido quemados por sus dueños antes de ser cercados por la represión, por miedo a que el libro se convirtiera en prueba de una intención subversiva? En el patio de mi abuela ardieron libros de mi primo desaparecido. Esa memoria persiste y alguna vez temí, en un operativo policial bastante violento, las consecuencias de llevar en el bolso el deslumbrante El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Era una noche de enero de 1989, a la mañana militantes habían tomado un cuartel en la Tablada, las fuerzas de seguridad aún andaban de cacería y pararon ese colectivo que estaba cruzando el Riachuelo para volver al sur del conurbano. 

El olor del Riachuelo es el olor de los desechos fabriles, lo que queda de los restos pudriéndose. Como el olor del camino de Santiago del Estero a Tucumán es el de la quemazón de la caña. O el de cierto tramo de la Panamericana, el del CEAMSE. Y en muchos lugares del conurbano es el de la quema el de los basurales autoorganizados, donde el vecindario quema los desechos. Los olores tienen que ver con los restos, son restos en sí mismos, y a veces quisiéramos que las actividades pudieran realizarse sin ellos. Por eso aumentan las bibliografías sobre el tratamiento de residuos y la pregunta sobre qué hacer con los desechos. En la Ciudad de Buenos Aires, hasta fines de los años setenta, en los edificios de departamentos había incineradores de basura. No sé cuál sería el olor de esos edificios, pero algo llevó a la idea de que había que centralizar y organizar la recolección y sacar la basura de la metrópoli. Quema y basurero llevan las mismas imágenes, y podríamos decir que son momentos distintos de lo mismo.

Bien diferente es el olor de la leña quemada. Ese es uno de los olores del verano a la hora en que se encienden las parrillas o el que aparece en invierno cuando las estufas también reclaman su leña y las chimeneas se agitan. Fuego que es calor y asilo, invitación y amistad. Estar alrededor del fuego, una conversación. Al lado de la parrilla, mientras la carne crepita. O amontonadxs en torno al fogón, para que la cosa circule. Son imágenes del fuego en su modo amable, de ser parte de la sociabilidad y la existencia vital. La fogata, también, donde se templan los tambores antes de que salga a mover la calle la cuerda. Y de ahí a la hoguera de San Juan, porque el fuego es ritualidad para la cultura popular y motivo de nuestras fiestas.

Pero la leña quemada también es olor de la amenaza, cuando arrecia el incendio en los bosques y montes. En los últimos años, una repetición frecuente y una nueva línea en el espiral del peligro. El atroz incendio del Amazonas al comienzo de la gobernabilidad necropolítica de Bolsonaro, pero también por acá la quema de humedales y de bosques. Focos negligentes o intencionales dibujan el mapa de la devastación. Dicen que allí donde hay quema habrá luego siembra para el ganado —en los humedales— o disciplinamiento de las poblaciones que resisten la explotación minera. Fuego para preparar el terreno de una lógica de extracción. Las distintas formas de vida y especies pensadas como recursos para explotar rápidamente. Destruir para producir, si eso es parte de todo proceso productivo —las materias primas se convierten en otra cosa: destruida su forma anterior, los combustibles se consumen, las fuerzas vitales disminuyen, las máquinas se desgastan—, en la fase actual del capitalismo la ferocidad de la acumulación de ganancias puede arrasar con toda forma de vida. El incendio, su mayor metáfora o realidad: nuestras retinas lastimadas con las imágenes de la catástrofe: árboles ardiendo, animales que huyen, personas peleando contra el fuego. Y la insondable y abismada belleza de los cielos rojos.

Nos pasamos viendo fotos, en las redes, de esos incendios. Incluso de la belleza de esos fuegos, los cielos rojos, los árboles que arden, las personas peleando para apagarlos, los animales que huyen.

Épocas de odio desatado: personas asesinadas con fuego en sus hábitat callejeros. O sus colchones y pertenencias quemadas, para sacarlas de los barrios donde tienden su pobreza. Fuego de fascismo de los vecinos, con el odio como combustible principal. Fuego de grupos linchadores ante alguien denunciado. Traen la imagen de la molotov, pero no su gozosa iracundia contra el poder que reprime. La mano que la empuña tiene distintos sentidos, si se dirige hacia lxs más vulnerables o intenta mellar instituciones. Cuando prende hacia abajo, realiza el mandato de la política de desechar lo que no es considerado útil: vidas que no son dignas del duelo ni el cuidado. En la calle o en la cárcel, allí donde se incendian colchones para reclamar, a veces hasta la asfixia, condiciones más dignas de encierro.

En el barrio de Once, en la ciudad de Buenos Aires, hay un memorial que recuerda a las personas muertas una noche trágica en Cromañon, cuando el humo del incendio las ahogó sin poder salir. Eran muy jóvenes. La tragedia exhibió la precariedad de muchos lugares en los que se realizaban actividades multitudinarias. Y,  a la vez, abrió un modo cínico de operar con la vida y sus resguardos que liberaría el camino para la derecha que gobierna tenazmente esta ciudad. Muchos años después, cuando esa derecha gobernaba el país entero, una garrafa estalló en una escuela de Moreno y dos trabajadorxs murieron. Sandra y Rubén se convirtieron en nombres propios de las consecuencias de una precarización general de las instituciones públicas.

No hay incendios que no sean asuntos políticos, porque lo es la consideración de la naturaleza, de la producción, de los bienes culturales, de la vida en general. Si añoramos que ardan los miedos, es sobre el fondo de la crueldad de los femicidios, muchos de ellos producidos por fuego para que no queden rastros del origen del crimen.

Quema se llama esta revista, la imagino conjura de tantos daños e intento de tomar el fuego para calentar un lugar que aloje el deseo de escritura, que sea hospitalaria para la conspiración y el goce, y que nos queme un poco de tanta intensidad.

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María Pia López
Socióloga, escritora y activista. Nació en Trenque Lauquen, en 1969, pero vive en la ciudad de Buenos Aires desde hace décadas. Da clases en varias universidades y es una lectora entusiasta. Los libros son parte de su vida y por eso no deja de escribirlos, o de escribir para pensar y tratar de intervenir en las coyunturas.
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