peronismo y feminismo

«Cuesta concebir el peronismo ajeno al feminismo, y viceversa»

Entrevista a Flora Vronsky

Por Amalia Prado y Florencia Tirelli

Este año, con una pandemia a cuestas, pareciera que se reconfiguraron los modos de ser y estar en comunidad. El 2020 terminó con un gran avance del movimiento feminista con la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Se abre así un nuevo escenario en la lucha por la  emancipación de nuestros cuerpxs.

Flora Vronsky es un montonazo de cosas: licenciada en Letras y Filosofía, magíster en Gestión Cultural, crítica de cine y literatura en distintos medios. Es docente, escritora, pensadora, «una mujer en sus cuarenta con un cúmulo de identidades más o menos contingentes que, a la vez, intenta no dar nada por sentado ni tener demasiadas certezas». Militante feminista, peronista, pansexual y creyente.  

Hacía tiempo que teníamos ganas de entrevistarla. Desde que la escuchamos, tuvimos la certeza de que nos compartiría algunas claves necesarias y urgentes para pensar juntxs «lo político».

Flora habita en su pensamiento y acción esa relación poco explorada entre religiosidad, feminismo popular, peronismo y justicia social. Esta conversación intenta dar cuenta de la potencialidad que hay en la confluencia de estos movimientos para encontrar ahí algunas señales de respuesta a las preguntas por el presente y lo que vendrá. 

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La resistencia a los modos de vida neoliberales muchas veces encuentra a mujeres al frente, construyendo cotidianamente, tejiendo lazos, organizando comunidad y proyectando horizontes colectivos. Muchas de esas redes comunitarias que resisten se fundan en prácticas de cuidado, lazos de empatía y solidaridad que implican un posicionamiento ético ante la vida y el hacer en comunidad. ¿Hablarías de una ética feminista? ¿Qué crees que supone asumir y construir una política feminista popular hoy?

No cabe duda de que existe una ética feminista, así como hay un andamiaje ético debajo de toda ideología y de todo posicionamiento y construcción política. En los últimos años hemos visto un desarrollo más riguroso del pensamiento feminista en cuanto ética —y, por tanto, en cuanto axiología, como resemantización de ciertos valores—, a través especialmente del estudio y la práctica de una pedagogía feminista, entendida no sólo como un marco teórico de herramientas de intervención sobre los procesos cognitivos y culturales, sino también como un modo de vida, de estar en el mundo. El saldo organizativo de las experiencias que mencionás (y que atravesamos y comprobamos todxs en nuestros territorios y organizaciones) es precisamente ese modo de red vivencial que ya no tiene exclusivamente un carácter de respuesta ante las urgencias; se va configurando según la pedagogía del amor y en contra de la pedagogía de la crueldad. Y, de esa manera, puede construir espacios políticos porque previamente construyó una ética para habitarlos. Una política feminista popular actual supone asumir esto como cimientos comunes y comunitarios para generar intervenciones reales, desde la militancia y las redes hasta la política representativa y la ocupación de espacios de poder en la gestión del Estado.

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Pensando en la necesidad de una base estratégica para la construcción de futuro, ¿qué potencialidad ves en el cruce entre feminismo y peronismo en este sentido? Desde los diálogos y aportes que se realizan mutuamente como movimientos, hasta la puntos de tensión. ¿Podemos pensar al feminismo popular como la intersección entre feminismo y justicia social?

Me cuesta mucho concebir el peronismo como algo ajeno al feminismo y viceversa, justamente porque intersectan sin mayor conflicto a través de la noción de justicia social, de la visión de un mundo entendido como imperfecto e injusto sobre el que hay que existir en lucha constante contra las desigualdades y opresiones que nos atraviesan a todxs. Creo que el feminismo peronista tiene contenida una noción de no segregación en el sentido de construcción mujerista, por ejemplo, o de prácticas excluyentes de lesbianas, gays, travestis, trans y personas no binarias, como sí vemos en ciertos sectores del feminismo llamado «hegemónico» que ha virado hacia un biologicismo alarmante y sinuoso, porque da lugar a radicalizaciones moralizantes, tuteladoras y verdaderamente excluyentes. Tradiciones como las del Frente de Liberación Homosexual o la Agrupación de Lesbianas Peronistas que formó parte de la fundación del Encuentro Nacional de Mujeres en nuestro país, dan cuenta de la intersección entre peronismo y feminismo como un espacio de lucha común por la dignidad de las personas, los DDHH, la inclusión, la diversidad y la justicia social. En este sentido, los puntos de tensión que emergen hoy son los mismos —aunque reconfigurados— que emergían en el pasado; el ala más purista y esencialista del peronismo tradicional y de derecha sigue disputando estos sentidos aunque vaya ocupando cada vez menos espacios políticos reales y concretos.

Qué rol y qué importancia les das a los valores del cristianismo, desde la dimensión más humana, frente a la cultura de la negación del otro, del semejante, la crueldad y la fragmentación social/comunitaria que crece en algunos sectores hoy, y de la cual algunos feminismos no están exentos.

Podríamos decir que los valores del cristianismo se pueden entender, abordar, practicar precisamente como una ética —de la que hablábamos antes—, un modo de vida comprometido, un devenir con ciertos horizontes aunque estos no estén contenidos en una estructura religiosa. En ese sentido, la noción de prójimo —que significa próximo, cercano— es una de las fundamentaciones de lo que hoy llamamos registro del otrx, de la otredad como aquello que no somos nosotrxs pero que, al mismo tiempo, nos refracta, nos conmueve y nos construye. Si lo pensamos, el máximo mandamiento del catolicismo, el que viene a quebrar la historia y a refundar la figura de la divinidad, es amar al prójimo como te amás a vos mismx con el correlato de las palabras de Cristo, ámense unxs a otrxs como yo lxs he amado. Este es un punto de partida ético que, por fuerza, tiene que problematizar la visión más individualista de la existencia, la negación del otrx y el alejamiento progresivo de todo aquello que constituye un padecer, un devenir, una lucha colectiva. Los feminismos vienen justamente a ponernos frente a un espejo que nos recuerda todos los días la bandera irrenunciable del registro del otrx porque somos una red vivencial; registro, por cierto, que incluye tanto el amor como el perdón (ambos cimientos de la fe) que resuenan en el antipunitivismo, por ejemplo. Es por eso que se disputan estos sentidos con los feminismos liberales o autonomistas que defienden la idea de individuo meritócrata e intransigente por sobre cualquier construcción colectiva. En el contexto actual de la pandemia, hemos visto cómo las palabras de Francisco, por ejemplo, han sido recibidas por miles de personas que no son necesariamente creyentes pero que han encontrado allí una referencia amorosa, empática, de contención ante una realidad que nos pone frente al abismo de la muerte, en un mundo profundamente desigual que idolatra la individualidad como único modo de vida.

En distintas intervenciones insistís en el vínculo constitutivo entre los principios de la iglesia católica de base y el peronismo. ¿Cuáles de esos principios te parecen fundamentales para el proyecto histórico nacional, popular?

Sabemos que Perón encontró en la doctrina social de la iglesia (desde el inicio de su carrera política) una fuente de inspiración ética que le dio herramientas filosóficas para ir delineando posteriormente los fundamentos de un proyecto político nacional y popular. En este sentido, tanto el nacimiento del movimiento como la materialización del partido justicialista están atravesados por las reflexiones, las lecturas y la noción de un mundo posible en un diálogo constante con la DSI, expresado ya en los textos doctrinarios seminales del peronismo. Si se ignora esta relación fundante, será difícil entender cabalmente el surgimiento de la Juventud Peronista, de organizaciones como Montoneros, la Liga Agraria e incluso el ala revolucionaria de Acción Católica, por ejemplo. El devenir del peronismo, a partir de la nefasta Libertadora del 55, sus plasticidades, ramificaciones y derroteros hasta hoy están anudados directamente con las diferentes modulaciones políticas y culturales de la doctrina social de la iglesia, que es la síntesis histórica y viva de los principios básicos del Evangelio, por un lado, y de la visión crítica de un sistema socioeconómico que produce desigualdades y multiplica opresiones, por otro. La noción nuclear, en la que intersectan estos principios y el peronismo, es que no puede haber paz si antes no hay justicia.  

Desde una perspectiva histórica, el control de las mujeres sobre la reproducción no estuvo condenado hasta que comenzó a ser percibido como una amenaza a la estabilidad económica y social. Cómo y cuándo se instala la condena al aborto (mejor decir, a quien aborta) en el catolicismo desde el plano de la institución jerárquica y conservadora.

Podemos decir que a lo largo de los más de dos mil años de historia eclesial ha habido diferentes posturas, argumentos, escuelas que han dirimido las grandes cuestiones relacionadas con la moral y los actos morales. Por ejemplo, San Agustín (354-430) y Santo Tomás de Aquino (1224/5-1274), dos de los teólogos más importantes del cristianismo que además llevan el título nada menor de Doctores de la iglesia, expusieron en varios de sus tratados que el embrión no poseía alma hasta que tuviera forma humana, es decir, no lo consideraban «persona». Durante siglos, la interrupción de un embarazo como acto moral no protagonizó los debates y las exégesis más relevantes dentro de la iglesia, aunque sí la noción de la vida como valor supremo expresado en diferentes pasajes de las escrituras. Sin embargo, ningún pasaje de las escrituras condena explícitamente el aborto, por lo que no constituye un acto moralizado hasta períodos históricos mucho más recientes en los cuales se produce un giro doctrinario brutal hacia los dogmas papales, incluido el de su infalibilidad. En 1869, durante el papado de Pío IX, se decretó que los embriones poseían alma desde el momento de su creación. La decisión papal fue tomada sobre la base del examen de un embrión con un rudimentario microscopio de la época, que supuestamente probaba la existencia de una «persona humana». Unas décadas más tarde, en 1930, el Papa Pío XI dictaminó que tanto la vida de la madre como la del feto son sagradas y que atentar contra ellas es un acto moral contra el valor de la vida. A partir de allí, se generó un debate acerca de cómo calibrar en un caso extremo qué vida es más valiosa, cuando ambas son sagradas; dicho debate es el que va a dar lugar posteriormente a que muchas católicas se organizaran para luchar por el derecho a decidir y para destabuizar la sexualidad anudada hasta ese momento exclusivamente con la reproducción. Tener todo esto en cuenta es necesario para comprender que la postura antiderechos de los sectores más conservadores se ha ido transmitiendo de generación en generación a través de establecimientos educativos, dispositivos culturales, esferas de poder, estructuras de clase, pero que en los sectores más populares esto se problematiza mucho más gracias a la lucha de muchísimas mujeres y personas lgbtq+ dentro de las iglesias de base. 

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Partiendo de la estructura de poder que tienen las jerarquías eclesiásticas conservadoras en todo el país y más en algunas provincias, qué perspectivas tenés con respecto a la implementación de la incipiente legalización del aborto en Argentina?

Ya hemos visto recursos de amparo y medidas cautelares presentadas por varias provincias para no aplicar la ley nacional N.º 27.610 que instituye el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo. Desde el feminismo popular siempre supimos que la aprobación de la ley era el primer paso, y el más importante, en el camino de la ampliación de nuestros derechos y que, por eso mismo, produciría una nueva fase de lucha de cara a los sectores conservadores más acérrimos, que no iban a metabolizar sin conflictos lo que se logró en las calles y en el congreso. Por eso son cruciales las redes de abogadas feministas, las asesorías legales, las socorristas en red (que agrupan a más de cincuenta colectivas en todo el país), los espacios de contención y acompañamiento a personas gestantes que quieran abortar, para poder articular con el estado y los sistemas de salud pública en el marco de aplicación de la ley. Si tenemos en cuenta que hay provincias en donde todavía está prohibido vender Misoprostol o lugares en los que todo el personal de salud puede declararse objetor de consciencia, no podemos simplemente extrapolar las situaciones de contextos mucho más favorables y con mayores recursos como la Capital Federal o ciertas partes de la provincia de Buenos Aires y «descansar» en que la ley de IVE se aplicará por el solo hecho de estar aprobada y de no requerir adhesiones provinciales ni reglamentación para su vigencia. Como decía, es otra fase de la lucha de la que somos muy conscientes, en especial, las feministas católicas que conocemos las aristas de dicha lucha dentro de la iglesia. Hemos aprendido muchísimo de las reacciones de odio y violencia ante la aprobación de leyes como la del Matrimonio Igualitario y la de Identidad de Género, y ese saber colectivo sigue potenciando y alimentando hoy las luchas que se vienen.

Para ir cerrando, cambiamos de tema pero seguimos charlando sobre pasiones alegres. El fútbol es un deporte popular, casi constitutivo de nuestro ser nacional. Sin embargo, una vez más, las mujeres somos y fuimos borradas de la historia en tanto protagonistas. Te leímos en una nota hermosa sobre el tema, afirmando que para muchxs el fútbol es un padecimiento delicioso. Nos gustaría saber por qué, qué significa para vos y cómo lo vivís.

No recordaba haberlo puesto en esas palabras, así que gracias por traerme a la memoria esa nota que disfruté tanto escribir. El fútbol es para mí un lenguaje, un vehículo de afectividad irreemplazable, ese padecimiento delicioso precisamente porque permite ser habitado por las pasiones alegres y por la melancolía, por la tragedia y por el goce (para ponerlo en términos filosóficos que nada tienen de ajeno a una construcción de afección como la experiencia futbolística). Ese lenguaje lo sentimos como compartido, es una suerte de alfabeto tribal que nos vincula de manera muy profunda no sólo a quienes compartimos el amor por un club, sino a todxs lxs que palpitamos el deporte mucho más allá de sus características técnicas o su valor de producto cultural consumible. Siempre sostengo que, en mi caso, el amor por Racing es el único amor para toda la vida; el inamovible, el que perdura («No me importa si perdés o si ganás, Academia cada vez te quiero más») frente a la contingencia humana de la afectividad. Y como toda esfera de la existencia, el fútbol es también un campo de disputa de sentidos e identidades en el que los feminismos y transfeminismos han logrado muchísimo y saben que hoy hay muchos más horizontes posibles de igualdad y derechos de los que había hace unos años. El lugar que ocupa hoy el fútbol femenino en el mundo y en nuestro país es fruto de una lucha histórica por reclamar no solo nuestros derechos, sino también la potestad de que el juego atraviese nuestras vidas y las transforme políticamente.

Por último, sabemos que te gusta la poesía, la literatura, ¿leíste o estás leyendo algo estos días que nos quieras recomendar?

La cuarentena nos ha dejado todo un capítulo de nuestras vidas que bien podríamos llamar lecturas extremas o algo en ese orden. Volví a Kafka, a Camus, al teatro expresionista, incluso a autos y bestiarios medievales. Últimamente, un poco más contenida, visité los Macaneos, de Sara Gallardo; el Epistolario Íntimo, de César Vallejo; y Eva y las mujeres: historia de una irreverencia, de Julia Rosemberg, los cuales no me alcanza el énfasis para recomendar. 

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