¿Y la plata dónde está?

Por Mariano Zukerfeld

Vivimos en un mundo encriptado. En los últimos días el Bitcoin y otras diez criptomonedas sufrieron una fuerte caída en su valor de cambio, que está alertando a distintos actores a lo largo del globo. Para analizar este fenómeno, corriéndonos de las fantasías individuales que nos seducen con la posibilidad de enriquecernos de la noche a la mañana, preguntamos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de dinero digital? ¿Es un medio de cambio que deja atrás la materialidad? Mariano Zukerfeld viene estudiando hace tiempo el cruce entre tecnología, economía y sociedad, y en este texto nos propone una cantidad de puertas por donde entrar a pensar, desde una mirada crítica, este gigantesco laberinto de bits. ¿Cómo se edifica la confianza necesaria para sostener este tipo de intercambio? ¿Cómo pensar el rol del Estado frente a la «maquinita digital» que produce dinero y parece no detenerse? ¿Es posible inventar un Bitcoin nacional y popular? Estos y otros más son los interrogantes que dan origen a un ensayo que se mete en el corazón de la dinámica actual de un capitalismo que se ha vuelto, principalmente, informacional.

1. La insoportable materialidad de lo inmaterial

El vocabulario del dinero digital nos inunda: bitcoin, blockchain, criptomonedas, billeteras electrónicas. La moneda parece haberse vuelto inmaterial e inasible, vagando sin fricciones entre nubes etéreas. O al menos esto nos sugieren los discursos de moda. 

Pero, aunque no la veamos, la materialidad siempre está. Lejos del cielo, esas nubes son en realidad servidores terrenales y cables submarinos. Almacenan, procesan y transmiten información digital que, al fin y al cabo, no es otra cosa que un conjunto de señales eléctricas. De hecho, la velocidad con la que el dinero se crea y circula, las posibilidades y los modos de custodiarlo, distribuirlo o falsificarlo, las creencias sociales y las leyes que lo regulan difícilmente puedan aprehenderse sin considerar la materialidad del soporte en el que el dinero existe, aunque de ningún modo están completamente determinadas por ella. 

Así, sin la materialidad no se puede, pero con la materialidad no alcanza: necesitamos la historia.

2. Metales, papeles y bits: el dinero en la historia del capitalismo

La historia del capitalismo puede dividirse en tres períodos: capitalismo mercantil (fines del siglo XV a fines del XVIII), industrial (hasta el tercer cuarto del siglo XX) e informacional. Conviene distinguir dos fases dentro de este último: fase de las redes, de la década de 1970 hasta la del 2000, y fase de las plataformas, desde entonces hasta el presente. Si el período mercantil estuvo dominado por el bimetalismo de la plata y el oro, durante el capitalismo industrial se impusieron los billetes, generalmente respaldados en el metal áureo. 

El capitalismo informacional, por su parte, se caracteriza por la progresiva digitalización de todas las actividades. En la fase de las redes, se observa la autonomización y digitalización del dinero oficial. Ya sin convertibilidad con el oro —que en los EEUU termina en 1971— y con tecnologías digitales cada vez más potentes a su disposición (el sector financiero siempre fue un adoptante de punta), el dinero digitalizado y desregulado toma el comando de las finanzas mundiales. 

Así, las transacciones hiperveloces y con bajísimos costos que permite Internet, la subordinación a los fines que el lucro privado, la concentración de capital y la expropiación de actores periféricos mediante diversas formas de endeudamiento e interés que son ampliamente conocidas, no pueden entenderse sin sus condiciones materiales de existencia. 

A mediados de la década del 2000, los billetes y monedas ya representaban menos de un 10% del total, mientras que el 90% del dinero oficial eran registros digitales en computadoras. Si bien en el discurso público hegemónico la creación de dinero suele asociarse con “la maquinita” del estado que imprime billetes, queda silenciada la mucho más poderosa “maquinita” digital de los actores financieros privados, que inventa la mayor parte del dinero bajo la forma de simples registros de crédito en computadoras, para luego lucrar con su multiplicación ficticia mediante derivados financieros. Es por eso que el cierre de este ciclo ocurre con el estallido de la burbuja financiera de 2008-9. 

Simultáneamente, va tomando forma la segunda fase del capitalismo informacional, en la que bitcoin, las criptomonedas y blockchain tienen un rol crucial. La discusión política y económica requiere distinguir estos términos

3. Bloquealo: Confianza artificial, registro perenne

Las cadenas de bloques o blockchain son sistemas de registro descentralizados e inmutables, que constituyen posiblemente una de las novedades más profundas de esta fase. Las relaciones sociales en general y las transacciones económicas en particular requieren, en mayor o menor medida de confianza: ¿La moneda es válida? ¿Se cumplirá el acuerdo? Quien vende cierta propiedad, ¿es realmente el titular? ¿El banco devolverá el dinero depositado? 

Durante el precapitalismo y, en cierta medida, en el capitalismo mercantil, la confianza dependía del conocimiento personal de la otra parte, de la tradición, de la religión, en suma, de las relaciones comunitarias. Durante el capitalismo industrial, el Estado va siendo cada vez más el garante último de la confianza entre actores que son los unos extraños a los otros. Por supuesto, florece una industria intermediaria de la confianza económica, desplegada a partir de ejércitos de abogados, escribanos, bancos. La confianza se vuelve papel, en la era de las firmas.

Pero el capitalismo informacional jaquea, aquí también, el orden industrial. Todo papel se puede traducir a información digital, y toda la información digital se puede copiar y editar. Se ve el problema: la confianza requiere de autenticidad e inmutabilidad, pero la información digital, sangre de la época, se muestra indócil. Durante la fase de las redes, el cambio es relativo: las instituciones de confianza del período industrial apenas se aggiornan

En ese contexto, blockchain ofrece una solución rupturista: autenticación algorítmica, sin Estado, ni escribanos, ni abogados, ni bancos. Se trata ya no de la inteligencia, sino de la confianza artificial. De manera simple, el mecanismo para lograrla consiste en que, en cada computadora que participa de la cadena de bloques, se replican todos los registros y la incorporación de registros nuevos requiere del consenso de las computadoras conectadas, impidiéndose, a su vez, la modificación de registros previos. El principio elegante consiste en que, como no se puede asegurar que un registro único no pueda ser alterado, se trata de hacer lo contrario: que el registro esté tan ampliamente distribuido que las alteraciones puntuales no afecten al sistema. En lugar de restringir la facilidad para copiar información digital, blockchain maximiza su potencia; en lugar de centralizar la autoridad, la distribuye. 

El primer uso de blockchain fue, claro está, el de bitcoin y las criptomonedas. Pero no es menos relevante para otras formas de registro no monetario: títulos de propiedad, credenciales académicas, logística y trazabilidad, documentos, registros sanitarios, etc.

4. Cuentos de las cripto: ¿descentralizados y dominados?

Las criptomonedas son medios digitales de intercambio basados en blockchain para asegurar las transacciones, controlar la emisión y registro. Su valor de mercado a la fecha ronda los dos trillones de USD, de los cuales bitcoin explica algo menos de la mitad. Así, ethereum, cardano, binance coin, tether, solana y XRP tienen, cada una, valuaciones de más USD 50.000 millones. 

En estos casos, se trata de criptomonedas emitidas y gestionadas sin ninguna intervención estatal. Pero, de manera creciente, los estados comienzan a interesarse en desarrollar sus propias monedas digitales basadas en tecnologías similares a blockchain. Amenazados en su soberanía, nada les impide aprovechar el carácter descentralizado de blockchain y combinarlo con funciones cerradas y centralizadas. Las monedas digitales emitidas por bancos centrales (CBDC por su sigla en inglés) ofrecen una serie de potencialidades con diversas implicancias políticas que van desde la monitorización e individualización de todas las transacciones en tiempo real, hasta dar crédito a sectores no bancarizados con bajos costos de transacción. 

China, Canadá, Corea del Sur, Singapur, Gana, Nigeria, Francia Jamaica, Bahamas, Emiratos Árabes y Uruguay lanzaron o están realizando pruebas piloto con CBDC. De este modo, las monedas digitales basadas en las cadenas de bloques y similares podrían servir a los disímiles e incluso contradictorios intereses de los privados y del Estado. Mientras, el principal enemigo común parecen ser los bancos, al menos en sus funciones de creación de dinero digital, custodia y autenticación de transacciones.

5. Bailando en la cubierta del bitcoin: Granjeros, burbujas y servidores humeantes

Cuando se alude específicamente a bitcoin, hay tres actividades que es importante distinguir: producción, intercambio y consumo. La producción de bitcoins surge de la remanida «minería». 

De manera sintética: actores privados y autónomos realizan operaciones para encontrar y apropiarse de unidades de bitcoin —cuya cantidad total es finita y predefinida: el total es de 21 millones, de los cuales a la fecha se han minado ya 18,9 millones— mediante la utilización de poder computacional. Así, estos hallazgos van configurando una suerte de emisión descentralizada.

Si bien durante algún tiempo podía llevarse a cabo con medios de producción relativamente accesibles, el panorama actual es distinto. La minería de bitcoins está hegemonizada por un puñado de empresas concentradas que montan masivas granjas de servidores aprovechando la energía barata de algunos ámbitos nacionales. 

Las historias liberales de enriquecimiento individual en base al ingenio personal son, una vez más, ideología: verdades muy parciales que velan la esencia asimétrica del poder a favor del gran capital. Más aún, esta «minería» digital, también tiene un pernicioso efecto ambiental: el consumo eléctrico de la red de bitcoin supera al de la Argentina, resultando desastroso en términos de aprovechamiento energético. 

Pero quizás el aspecto más conocido de bitcoin sea el del intercambio. En la actualidad (septiembre de 2021), cada día se compran y venden unos 30.000 millones de USD en bitcoin en unas 280 mil transacciones que hacen fluctuar violentamente su cotización. Se trata de un ámbito de especulación financiera radical. El intercambio, claro está, ocurre de forma descentralizada y anonimizada, lejos de la autoridad estatal. Pero esto no debe llevar a creer que ese intercambio tiene un carácter socializador, comunitario o progresista. La axiología objetivada en las reglas algorítmicas no es otra que la del individualismo egoísta privatizador.

Finalmente, el consumo: ¿qué relación tiene el bitcoin con el mundo de la producción no financiera? Este parece ser, a la fecha, el aspecto más débil del sistema bitcoin: según los cálculos más favorables, sólo unos quince mil comercios en el mundo aceptan intercambiarlos por mercancías no dinerarias. De modo tal que la pirámide de minería y especulación financiera se sostiene en una base frágil: ¿cuántos bienes y servicios hay disponibles para los 875000 millones de USD de capitalización de mercado de bitcoin? 

Bitcoin podría expandirse más allá de las finanzas, si prosperan iniciativas como la recientemente lanzada en El Salvador —en la que el bitcoin es moneda de curso legal y en teoría debe ser aceptada en todas las transacciones—. En caso contrario, no es imposible que la criptomoneda mantenga por un tiempo su carácter puramente especulativo, expropiando más y más recursos. Pero las burbujas financieras no son eternas. 

6. Bitcoin, criptomonedas, blockchain y política 

La materialidad digital del dinero en la segunda fase del capitalismo informacional nos ofrece un panorama en disputa cuyo resultado, como siempre, no está determinado por las tecnologías, sino que depende de la acción política. Sin negar el atractivo que pueda tener para la especulación a nivel individual, a escala sistémica bitcoin parece cristalizar los peores valores desde una óptica emancipadora. De hecho, es tentador asociar el tipo de sujeto que promueve bitcoin con el de las derechas libertarias: hiperindividualistas digitalizados que buscan eliminar la mediación estatal. 

Por su parte, las criptomonedas y, más en general, las diversas formas de dinero digital ofrecen un panorama más abierto. Más allá de las posibilidades de blanqueo e inclusión financiera, y de disminuir la socialmente gravosa intermediación bancaria, la chance de contar con divisas que no dependan de un imperio podría ser interesante, especialmente para países como la Argentina. En el otro fiel de la balanza, las posibilidades de que el dólar y los EEUU sean reemplazados por una o varias megacorporaciones que controlen esas criptodivisas y/o que Estados o corporaciones fiscalicen capilarmente la acción social mediante cada pago realizado distan de configurar un horizonte auspicioso. 

La mayor potencia para construir sociedades más justas quizás esté en los usos no monetarios de blockchain, dado que los principales perjudicados por la ausencia de registros de salud, títulos de propiedad, contratos, documentos, certificados laborales, etc., son los sectores populares, entrampados en costosas telarañas de intermediarios, trámites y discrecionalidades.

De modo más general, la disputa política en estos temas puede resumirse en la búsqueda de una tercera posición: ni la opacidad de los registros centralizados de poderosos banqueros, escribanos, abogados y contadores, ni la especulación anómica de capitalistas que expropian a la sociedad y al ambiente.

Se trata de incidir en el diseño y la apropiación de las tecnologías digitales para incrementar el empoderamiento colectivo de los sectores populares; para que en el amplio abanico de actores de izquierda, anticapitalistas, feministas, desarrollistas, nacionales y populares, recuperemos de una vez las banderas la innovación tecnológica, la eficiencia y la productividad. 

Imagen por defecto
Mariano Zukerfeld
Investigador del CONICET (Argentina) y del equipo e-TCS del Centro CTS, Umai. Dr. en Ciencias Sociales (FLACSO Argentina); Mg. en Ciencia Política y Sociología (FLACSO Argentina), Lic. en Sociología (UBA). Profesor Adjunto de la Carrera de Sociología (UBA), de la Maestría en Propiedad Intelectual de FLACSO Argentina, de la Maestría en Ciencia Tecnología y Sociedad de la UNQ. Investiga en la relación entre el capitalismo y el conocimiento y sus últimos libros son Corporate´s Capitalism Use of Openness: Profit for free? (2020, Plagrave MacMillan, Londres, junto a Arwid Lund); Knowledge in the Age of Digital Capitalism: An introduction to Cognitive Materialism (2017, Westminster University Press, Londres). YT: Capitalismo y Conocimiento.
Artículos: 1