Vacunatorios NIP

Por Mauricio Manchado

El Covid-19 rompió el andar del mundo a principios del 2020 y la cuarentena surgió como la primera opción para frenar la circulación del virus. Algunas voces, las menos, llegaron a comparar el aislamiento social, preventivo y obligatorio con lo que viven en forma cotidiana las personas privadas de su libertad. Afortunadamente no hacen falta demasiados esfuerzos cognitivos para desarmar esa analogía. Casi un año más tarde, la vacunación ofrece algo de claridad al final del camino, pero la luz no llega a todos los rincones de la misma manera. En este texto Mauricio Manchado reflexiona acerca de lo que llama Vacunatorio NIP (not important persons) y la insoportable espera de las vacunas que todavía no pasan al otro lado de las rejas.

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Inventario de lo vivo y lo que sobra

El 29 de Diciembre de 2020 comenzó la vacunación contra el SARS-COVID 19 en Argentina. Seguramente, ese día será recordado como el comienzo del fin, o al menos el inicio de un horizonte más certero para la finalización de una pandemia que caló en lo más hondo de nuestras sensibilidades, configurando un escenario de muertes, racismo y egoísmo como nunca antes había sucedido en el siglo XXI. No es que aquellos elementos emergentes no existieran, sino que necesitábamos un acontecimiento disruptivo como el que todavía transitamos para que lo subrepticio se volcase a la superficie, intensificándose.

La pandemia primero y la campaña de vacunación después comenzaron a instalar un lenguaje de la necesidad que clasificaba a los sujetos y sus profesiones como «esenciales» y «no esenciales», «prioritarios» o «no prioritarios», «presenciales» o «virtuales», «población objetivo» y «población restante», «con o sin comorbilidades». Un ejercicio casi automatizado e interiorizado de las sociedades modernas que despliegan mecanismos de clasificación, cualificación y jerarquización; re emergencia de un reticulado disciplinario que necesita ordenar una multiplicidad no desordenada pero sí desorientada. Ante todo lo nuevo y novedoso que la pandemia nos presentaba para nuestra existencia cotidiana, la incertidumbre se convertía en el motor cotidiano, y allí las certezas se nos aparecían como bálsamos —precarios, provisorios, pero bálsamos al fin—.

Por tanto, no se trataba tanto de ordenar multiplicidades, sino de orientarlas, decirles qué, cómo y cuándo hacerlo; lo permitido y lo prohibido, lo habilitado y deshabilitado; aquella distopía que dejaba de serlo nos colocaba en la búsqueda desesperada de dicotomías certeras. Y así transitamos, hasta la actualidad, más de quince meses de una pandemia que, lejos de haberse resuelto, parece al menos encontrar alguna salida posible a partir del avance de la campaña de vacunación.

Sin embargo, aquella clasificación pareció alcanzar solo a quienes forman parte del inventario de los vivos, o al menos, a aquellas vidas que merecen ser vividas. En los escenarios de vulnerabilidad en que todos nos inscribimos por nuestra condición de seres sociales, de enfrentarnos con los cuerpos de otros/as, de constituirnos políticamente en la «vulnerabilidad social de nuestros cuerpos —como lugar de deseo y vulnerabilidad física, como lugar público de afirmación y exposición—», existen vidas que son clasificadas como merecedoras de vida, como humanas, y que otras no;  desechos que ni siquiera entran en el menor rango de vulnerabilidad, que no son considerados —ni siquiera puestos en discusión— para la campaña de vacunación que se despliega en la provincia de Santa Fe.

Así, las personas privadas de su libertad en la provincia de Santa Fe recuerdan al homo sacer que describe Agamben: «una nuda vida residual e irreductible, que debe ser excluida y expuesta a la muerte como tal, sin que ningún rito o ningún sacrificio pueda rescatarla». Esta conceptualización permite pensar e interrogarnos sobre cuáles son los parámetros de biolegimitidad que recaen sobre las personas privadas de su libertad en el transcurso de la pandemia, y durante la actual campaña de vacunación. Al hablar de biolegimitidad, nos referimos al «significado y los valores de la vida […] en las cuestiones implicadas en el trato dado a los seres humanos y la evaluación de su vida», en que ya no resulta suficiente instalar la discusión en torno a si los presos/as son ciudadanos o no, si les corresponde algo de esa bios que distingue a los amos de los servidores, a los dueños de la polis de los esclavos, del centro y sus bordes. La biolegimitidad refiere, como sostenía Benjamin, «al simple hecho de vivir». En la economía moral de las sociedades contemporáneas, los presos han perdido, inclusive, hasta la potestad de ser portadores de la zoe, de aquella vida biológica, nada más y nada menos que eso.

Entonces, transitar el virus en la prisión estuvo ligado al azar, casi un juego de ruleta rusa que disponía de la suerte de cada uno/a, de cómo la enfermedad pudiese afectar sus cuerpos, de cómo la falta de aire se autoregulase en espacios espesamente húmedos, fríos y calurosos al mismo tiempo. La vida y la muerte juegan, cotidianamente en las prisiones, una partida con las cartas marcadas, aquellas de la desidia, la perversidad, el abandono. El homo sacer, señalaba Agamben, está abandonado, se encuentra «en banda», porque así ha quedado, arrojado a su suerte, o la inminente muerte, que es lo mismo.

Los datos elaborados por la Dirección General del Servicio Penitenciario indican que 156 personas privadas de su libertad se han contagiado de COVID-19, y 3 han fallecido a causa de dicha enfermedad en todas las cárceles de la provincia de Santa Fe, desde el inicio de la pandemia hasta el 31 de mayo de 2021. Sin adentrarnos en los sesgos y precariedades de cómo se construye el dato, un breve registro de algunas interacciones con detenidos/as de las cárceles del sur de la provincia de Santa Fe, da cuenta de que ese número lejos está de ser preciso. «Acá nos contagiamos todos ya, y decidimos aislarnos todo el pabellón —de ochenta personas—. Solamente hisoparon a uno, que dio positivo, pero cuando terminamos de pasar la enfermedad» (Pedro, preso en la UP11).

El relato se repite, indicando que todos los días pasaba un enfermero solo para tomar la fiebre, y que los mismos presos del pabellón —posiblemente infectados— iban a buscar la comida y la repartían por el pasaplatos de la celda. Algunos indican que sufrieron dolores muy fuertes, otros que estuvieron muchos días con fiebre muy alta, y que solo algún caso complejo era trasladado a las salas de aislamiento dispuestas, supuestamente, para aislar al contagiado; una acción que en muchos casos resultaba tardía. Entre estrategias de los propios detenidos que ocultaron síntomas para no perder los «beneficios» de la visita familiar, o que todo el pabellón no fuera compelido al aislamiento colectivo suprimiendo el acceso a espacios laborales, educativos y esparcimiento, y la desidia institucional de no elaborar una estrategia integral para el abordaje del covid-19 en las prisiones, se fue delineando una suerte de espacio necropolítico específico. Esto determinó y determina la suerte de cada uno/a, la posibilidad de lidiar entre la vida y la muerte; otra vez y bajo una nueva forma, la de una pandemia que emerge como una incertidumbre nouvelle de la incierta vida en prisión.

Foto: Juan Ignacio Porta

Vacunación NIP

Podríamos suponer que ante la desidia institucional y la desorganización organizada, solo quedaba alguna acción restitutiva que contemplase a las personas privadas de su libertad para el plan de vacunación apuntado a inocular a toda la población argentina que así lo desease. Entonces, el procedimiento constó en definir que el Dispositivo de Adscripción de Personas Privadas de su Libertad (DAPPL), perteneciente al Ministerio de Salud de la Provincia de Santa Fe con intervención en las cárceles santafesinas, se encargara de planificar la vacunación tanto para las personas privadas de su libertad como para el resto de los actores que intervienen en su cotidianeidad (agentes penitenciarios, profesionales, actores externos, etc).

Así, los presos/as del sur provincial fueron notificados de la posibilidad de vacunación y se registró su conformidad para ello; se dispusieron los freezers para almacenar las vacunas dispuestos en cada penal, e inició la espera. Sin embargo, la vacunación nunca llegó. Mientras que los agentes del Servicio Penitenciario de la Provincia de Santa Fe comenzaron a ser inoculados hace varias semanas —acción que debe ser claramente celebrada—, los/as detenidos/as con o sin comorbilidades no han recibido ni un solo pinchazo. Escasas gestiones realizadas por los familiares a partir del registro en los medios oficiales dispensados por el gobierno provincial, obligaron al SPS a trasladar a algunos detenidos a los centros de vacunación con el turno asignado, pero aquella excepción nunca se convirtió en regla.

Así, cuando la población general ya sin comorbilidades recibe alegremente su turno en un dispositivo móvil, hay más de siete mil hombres y mujeres privados de su libertad en la provincia de Santa Fe que no han sido considerados para ello. ¿No existen presos/as con comorbilidades? Claro que sí, incluso ya habían sido registrados cuando en marzo de 2020 se anticipaba el riesgo que implicaba contagiarse en espacios hacinados, superpoblados y con escasa atención médica, y vueltos a registrar por el DAPPL este año. Sin embargo, no fueron vacunados. ¿No existen presos entre los setenta y cincuenta años sin comorbilidades? Claro que existen, pero tampoco fueron vacunados.

Entonces, mientras en la agenda mediática se discute sobre los vacunatorios (para) very important person (VIP), se soslaya de una manera intolerable a quienes podríamos calificar ya no de indocumentados sino de subregistrados. Los not important person (NIP): aquellos que pueden enfermar sin ser atendidos, morir sin ser duelados, sufrir sin ser valorados en el sufrimiento, quienes pueden transitar una pandemia en la que durante más de ocho meses no vieron más que sus propias caras y las de los guardias que custodiaban la escasez de movimientos, o de quienes vieron suspendidas las morigeraciones de sus penas y debieron autoresponsabilizarse por dicha suspensión, permaneciendo más tiempo del que correspondía para acceder a sus libertades transitorias.

La vacunación NIP también es exclusiva, pero de los excluidos. «Percibo lo intolerable» decía Foucault en una entrevista realizada en 1971, y se refería de la siguiente manera a cómo concebía la sociedad la existencia de la prisión: «Nuestra sociedad comenzó a implementar un sistema de exclusión e inclusión —la internación o el encarcelamiento— contra cualquier individuo que no se ajustara a esas normas […] —Esto genera un fenómeno de desculpabilización—, es probable que este hecho esté ligado a cierta forma de descristianización o de atenuación de la conciencia cristiana. Después de todo, el mundo entero participa del pecado de uno solo. Pero, desde el momento en que existe el mundo de la prisión, quienes están en el exterior deberían ser justos o considerados como tales; y los culpables deberían ser quienes estén en las prisiones, y nada más que ellos. Esto provoca en efecto una suerte de corte entre unos y otros, y quienes están afuera tienen la impresión de no ser ya responsables de quienes están adentro».

Biopolítica, necropolítica, biopoder, racismo de Estado y la gestión intolerable de las prisiones durante de la pandemia, cristalizan un posicionamiento y una mirada socio-política sobre la jerarquización de las vidas e inclusive, una discusión sobre su propia entidad, como si todavía no pudiésemos trascender los argumentos colonialistas del siglo XV, cuando los invasores justificaban el genocidio por la inhumanidad del otro salvaje. El vacunatorio NIP del que participan hoy los presos y presas de la provincia de Santa Fe —y de buena parte del país—, a fin de cuentas, evidencia aquel mecanismo de eliminación que se reviste de institucionalidad, compasión, y hasta de pretensión de humanidad. Después de todo, como señalaba Foucault, «la prisión no solo es punitiva, también es uno de los instrumentos del proceso de eliminación». El vacunatorio NIP, desplegado en las prisiones durante la pandemia del COVID 19, no es más que su más cruenta y triste afirmación.

Foto de portada: Hector Río

Referencias:

*Butler, J. (2006) Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, p. 46. Buenos Aires: Paidós.

*Agamben, G. (2002) Homo Sacer I: El poder soberano y la nuda vida. Madrid: Editora Nacional de Madrid

*Fassin, D. (2019). Por una repolitización del mundo: las vidas descartables como desafío del siglo XXI, p. 36. Buenos Aires: Siglo XXI.

*Benjamín, W. (1999) «Para una crítica de la violencia». En Ensayos Escogidos. México: Ediciones Coyoacán

*Foucault, M. (2012). «Percibo lo intolerable». En El poder, una bestia magnífica: sobre el poder, la prisión y la vida. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores

*Mbembe, A. (2011) Necropolítica. España: Ed. Melusina

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Mauricio Manchado
Doctor y Profesor en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario; y pos-doctor en “Comunicación, Medios y Cultura” por la Universidad Nacional de la Plata (UNLP). Actualmente investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina (CONICET); con radicación en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencia Política y RRII (UNR). De 2017 a 2019, Coordinador del Programa “Educación en cárceles” de la Secretaria de Extensión de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UNR) y desde Octubre de 2019 hasta la actualidad, Sub-Director de la Dirección Socio-Educativa en Contextos de Encierro del Área de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Rosario. Actualmente integra dos Redes de Investigación ligadas a las temáticas bajo estudio, como la Red Nacional de Universidades en Contextos de Encierro (RED UNECE), y la Red de Investigación en Cuestiones Penitenciarias del Cono Sur. Desde 2014, integrante del Colectivo de Talleristas en Contextos de Encierro “La Bemba del Sur”.
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