Sobre laburantes y tumbas

Por Lautaro Lamas | Fotos: Maxi Galante

Desde hace años los muertos se multiplican en una ciudad donde las balaceras, los enfrentamientos y ajustes de cuentas son noticia corriente. La aparición del Covid-19 engrosó las cifras, aumentando la angustia. Sin embargo, al final del camino, el mismo grupo de trabajadores espera para hacer su tarea. «La gente cree que es meter pala nada más, pero le digo que por un lado uno pone mucho el físico, y por otro lado está lo mental», advierte uno de ellos. Para conocer su historia Lautaro Lamas caminó los pasillos del Cementerio La Piedad, donde la pandemia y las balas cambiaron la intensidad de la muerte, y escribió lo que sigue. 

Lo cierto es que no hay caballeros de más antigua prosapia que los hortelanos, los cavadores y los sepultureros, que son los que ejercen el oficio de Adán.
SHAKESPEARE: Hamlet, acto V escena I

Llegué al cementerio un lunes alrededor de las once de la mañana. Había sol y eso mitigaba cierta angustia o recelo por meterme a caminar por La Piedad. Estacioné en el carril derecho de la avenida Provincias Unidas, junto a uno de los puestos de flores que comenzaban la semana laboral. Serían cinco o seis puestos de toldo con flores de plástico y alguna que otra corona a la venta. Algunas familias esperaban en las inmediaciones para entrar. En el último puesto, un muchacho al que le pregunté si conocía a los sepultureros me guió hacia el pabellón de enfrente, en donde están la entrada principal y la oficina. Allí podía consultar por los trabajadores. Preferí andar de incógnito: crucé, me ajusté el barbijo, entré. 

El sol no pegaba fuerte pero encendía el cielo y eso ayudaba. Con un mantra en mi cabeza para despejarla de pensamientos macabros, entré en el enorme espacio a cielo abierto. No se veía nadie caminando entre las tumbas ni los panteones, solo pájaros en plenitud como se pueden ver en la isla, y palomas que nunca faltan en ningún lugar. Caminé como respirando la mañana, lento, silencioso, respetuoso de la enorme cantidad de invisible muerte que me rodeaba. Muchas cruces blancas en el pasto central me hicieron pensar en el cementerio de los argentinos caídos en Malvinas. 

Todo el territorio estaba quieto, limpio y ordenado. Vi a una mujer —responsable de tal pulcritud— aparecer desde uno de los enormes panteones laterales con una escoba en la mano y como distraído me fui dejando llevar por un sendero entre el pasto de las tumbas, hasta acercarme a su lado para poder hablarle. Me dijo que los sepultureros estaban de servicio y que mejor fuera a la oficina a consultar. Yo había preferido seguir una huella invisible que imantara mis pasos en lugar de presentarme de manera oficial. Así que en vez de obedecerle seguí caminando por el cementerio como en un laberinto macabro y luminoso donde me perdía y me encontraba: tumbas al suelo, nichos en panteones y pasillos de cemento mohoso cargados de fechas, fotos y pequeñas esquelas de mucho tiempo atrás.

Cuando pasé un corredor de los más antiguos, con nichos llenos de helechos, culantrillos y algún palán-palán, vi a un hombre vestido de azul e intuí que me podía ayudar. Efectivamente, era sepulturero, pero me pidió que lo acompañara a la oficina, que quien podía recibirme era el capataz. Esta vez entendí que esa era la vía y lo esperé a que regresara con el jefe de la cuadrilla que se encarga de los servicios de remover y enterrar.

Si se muere una paloma 

—Si se muere una paloma aparecen los medios, pero si le pasa algo a cualquiera de nosotros no se entera nadie, lo tapan, ni siquiera les importa, ¿o usted sabía que en El Salvador murió un sepulturero joven de Covid?  

Esteban Santillán es el capataz de una de las cuadrillas de cuatro sepultureros que trabajan en La Piedad. Al contrario de lo que esperaba, no fue reacio a recibirme, sino que agradecía que le hubiera ido a hablar.

—Nuestro oficio es de los más difíciles y olvidados; la gente cree que es meter pala nada más, pero le digo que por un lado uno pone mucho el físico, y por otro lado está lo mental. Yo trabajé catorce años paleando, y las imágenes a veces se quedan, y el miedo, hoy que tengo hijos, lo puedo sentir mucho más.

Por el barbijo no veo su cara, pero los ojos transmiten sinceridad. 

—Cuando empecé de capataz les dije a las autoridades que un psicólogo era importante, y recién conseguimos que nos hagan un baño con vestuario para que los muchachos se puedan cambiar. La ropa se desgasta mucho en el día a día, como el cuerpo.

Los negritos 

Al rato de estar hablando, comprendo que para Santillán es muy importante generar buenas condiciones de trabajo para sus dirigidos, porque como me dice, vivió el oficio en carne propia. 

—Y es muy duro, nosotros somos siempre los negritos, los que hacen el trabajo más bajo, los de quien nadie se quiere acordar. Ahora estoy luchando porque no nos vacunan contra el Coronavirus, dicen que no somos esenciales, y si usted mira —abre su celular y me muestra la pantalla—, de los catorce entierros que hoy tenemos, media docena son por esta enfermedad. 

En la pantalla veo una lista de nombres de los cuales seis tienen a un lado el registro «CV19». 

—Es casi la mitad. El problema no son los muertos que vienen en mortajas y ya no contagian, sino los familiares, que no tienen restricciones de ingreso y lo único que se les hace es rociarle con alcohol las manos y tomarles los datos, nada más. Y de eso se encarga alguien que en realidad es quien cuida la entrada y revisa los baúles. 

Entiendo que esa labor (revisar baúles) existe porque es mucha la gente que algo se quiere llevar.

—Esa es otra, cuando falta algo, un bronce, una lápida o lo que sea, siempre se nos culpa a nosotros, porque somos los últimos, como le digo, los negros, y nadie piensa que el nuestro es un oficio duro, no valoran nuestro esfuerzo, es más fácil olvidarnos o echarnos la culpa; pero después cuando les dicen «Llevalo a Baigorria», todos quieren La Piedad, porque saben cómo nosotros trabajamos acá.

Tumbas gratis 

A la pregunta de si el trabajo se había intensificado con la pandemia contestó: «Muchísimo, pero por los muerte violenta mucho más». Muerte Violenta («MV» junto a los nombres en la lista), se refiere a los cuerpos que llegan al descanso infinito acribillados a balazos, y desde el 2005 a este año (salvo en mitad de la primera cuarentena), cada día llegan más y más.

—En ese momento cambió todo, cuando empezaron las sepulturas gratis. Ahí no solo hubo más trabajo, sino que cambiaron las cosas, empezaron a llegar chicos entre 16 y 24 años, todos Muerte Violenta. 

Desde que la Municipalidad destinó los fondos que dan a Circunvalación para las sepulturas gratuitas, todos los cuerpos de pibes víctimas de sicariato vienen a parar a La Piedad. 

—Ese sector lo encuentra al otro lado de Provincias Unidas, al fondo.

Salí del ala principal donde habíamos estado conversando y crucé la avenida. Había más gente esperando los servicios, la mañana avanzaba con sus ritos de la muerte. Los floristas andaban conversando con los cuidacoches que iban de acá para allá. Entré por un portón abierto para los autos y encaré hacia el paredón final, donde la luz del sol caía amarilla e invitaba a caminar.

En vez de agarrar el sendero principal, con baldosas de patio y arboleda, intenté bordearlo, pero un laberinto de viejos panteones labrados, como pequeños palacios, grises y con manchas de humedad, era el camino. 

No estaba para perderme entre tumbas extrañas. Volví a la alameda. Caminé despacio.

Vestido de azul, un sepulturero avanza para hacer un servicio: camina con su pala al hombro, la soga colgando en la punta, detrás lo siguen lento un móvil con el yaciente y dos personas como toda comitiva. Se pierden por uno de los pasillos diagonales, bajo la sombra de árboles y pájaros que silban. En ese cruce de senderos hay un monolito en homenaje a los «Muertos en diciembre de 2001», leo los nombres de Pocho y ocho personas más.

Continúo hacia adelante. Voy más allá del crematorio y sus dos siniestras chimeneas que largan un humo espeso. Llego al terreno abierto que da al oeste y más parece un campo lleno de flores que un cementerio donde vienen a parar los cuerpos tiroteados de pibes pobres.

Camposanto de colores 

Sin llegar a ser lo que son los cementerios norteños donde el color hace fiesta de la muerte, donde se challan y llenan las tumbas de flores, esta parte gratuita de La Piedad es mucho más colorida que el resto de los panteones que nunca pasan del negro, el blanco y el gris. Acá el sol resalta el colorido de las camisetas de fútbol que brotan de la tierra y de las flores que adornan los bordes de las tumbas. Camino respetuoso el camposanto popular. 

Alrededor en los murallones hay frases pintadas que exaltan el amor y la memoria. En este sector que da a la villa 27 y a los autos que pasan por colectora se entierran todas las personas que no tienen para pagar sepultura; no solo soldados caídos, también hay marginados del sistema: desocupados, desposeídos, depauperados, excluidos. 

Esta franja de la necrópolis exalta las diferencias de clase, se revela en el color y se devela en la calidad de sus altares: tarjetas pintadas a mano, ositos de peluche, botellas y latas de cerveza, banderines, fotos color, caballitos, búhos de portland morados, macetas con caléndulas, malvones, flores de plástico compradas en la puerta.

Bordeo el territorio. Es otoño y hay hojas de álamo en el aire. La luz da en los panteones y los vuelve más grises, da en el césped con tumbas y resalta el colorido. Hay personas que arreglan y limpian tumbas: algunos son visitas, otros son jornales con permiso adquirido. Están los que permanecen en silencio junto a una capillita blanca. Las capillas son una especie de garita de cemento que se le hace a la tumba, la mayoría son blancas, pero muchas están pintadas: me llaman a pensar dos que están lado a lado como hermanadas en el reposo eterno: una azul y amarilla; la otra, roja y negra.

El oficio

Llorando a un muerto llega un nutrido cortejo por el sendero de fresnos. La actividad del lugar se intensifica. Como se acerca el mediodía y termina el turno, voy al encuentro de los sepultureros para que me hablen de su oficio. El capataz, señor Santillán, me invita a entrevistarlos en su buhardilla. Los espero en su espacio íntimo, donde se cambian, descansan, alimentan, acompañan y transitan las horas de su vida.

Es una gran habitación que funciona como comedor, vestuario, baño, cocina. Una especie de lugar vivo, de refugio cálido en medio de tanta frialdad. 

Hay una larga mesa de madera lisa en el centro con dos bancos para sentarse enfrentados; arriba de la mesa hay una silla con un pequeño y lluvioso TV color encendido. En un rincón hay alacenas («hechas con madera de cajones que nos dan porque ya no sirven»), una cafetera eléctrica, unas sartenes y tostadores colgados, un piletón con utensilios, tazas, una vieja cocina. Una puerta da un vestuario con baños y ducha. Otra puerta da a un cuarto donde se guardan las herramientas del oficio. Todo lo que se necesita para trabajar bien y aprovechar los momentos de descanso se condensa en este escenario. 

Me siento en un banco, Santillán parado me ubica:

—Para que se de una idea, todo lo que ve acá se busca para mejorar el trabajo de la cuadrilla. Porque si uno está bien trabaja mejor, y si estoy mal no solo me perjudico a mí, sino a los compañeros y en este oficio el trabajo en equipo es fundamental. Si alguno se lastima o lesiona y no puede venir, a los otros del grupo el trabajo se les intensifica, los complica, entonces buscamos dentro de lo que hay las mejores condiciones para no desgastar.

La cuadrilla 

Cuando llega el equipo al finalizar su jornada, Esteban Santillán se despide y nos deja espacio para la entrevista. Antes de irse me cuenta una anécdota que grafica su interés por los dirigidos y el resabio de dolor al ser marginados:

—Una vuelta se celebró acá no recuerdo qué acontecimiento inaugural o aniversario, cuestión que vino todo el personal emperifollado y algunos dirigentes y hasta los medios; servían copetines y sánguches en bandejas: nosotros éramos los únicos que no fuimos invitados; pero yo fui y les dije: «Muchachos vayan nomás y entren, ni pregunten, agarren lo que quieran», ¡y fueron así, con las botas y el equipo de trabajo! Nadie nos dijo nada, comimos y brindamos como todo el mundo.

Julián Emir Yorie, Jonatan Gastón Oroño y Ariel Alejandro Acosta se sientan en el banco frente a mí. Contrariando cualquier estereotipo que los muestre bizcos, encorvados, torvos o ensombrecidos, ellos son jóvenes y fuertes; tienen miradas vivas, alegres y penetrantes, usan tatuajes y cortes de pelo modernos, hablan de manera franca, con entusiasmo y simpatía. Su trabajo consiste en remover (cavar la tierra a pala y sacar huesos), reducir (colocarlos en un recipiente más chico) y hacer el servicio (bajar el cajón con la soga, palearlos con tierra y cubrirlos). Sus herramientas de trabajo son la pala ancha y de punta, espátula (para sacar la tierra que se les pega), faja (para llevar la espalda firme en el ejercicio, aunque saben que están «destinados al dolor de lumbares»), balde de albañil con cal («por ejemplo, para sellar bordes de nichos») y soga, una soga ancha y larga que llevan colgando en las puntas de sus palas al hombro cuando andan y que usan para bajar los cajones.

Me dicen que lo que más les gusta o disfrutan de su trabajo es «el grupo humano, que se vuelve una segunda familia». Se refieren a que ahí en su trabajo, en el trato con sus compañeros de armas, en esa covacha perdida en un ala del cementerio, encuentran lo que se necesita para pasar mejor la vida. Otro valora, y todos coinciden, la importancia del trabajo formal, del laburo en blanco que dignifica.

Cuando hablamos de lo peor, o lo más duro de su oficio, ninguno dice que es cavar la tierra con lluvia, helada, o calor y mosquitos, ni remover un osario que aún no ha desintegrado partes de cuerpo, ni tampoco agarrar un cajón reventado con gusanos en las manijas. A esas cosas uno se acostumbra, como todo en la vida, pero lo difícil, para uno de ellos, es haber enterrado él mismo a su madre, y en el plano laboral, enterrar a los bebitos; para otro, y de nuevo todos coinciden, lo peor, lo más difícil, es soportar el desprecio, los insultos que muchas veces reciben. 

En los momentos más crudos de esta pandemia ellos están recibiendo cuerpos con Covid, que duplican su labor y los pone en riesgo a ellos y sus familias. Nunca fueron declarados de primera necesidad y es evidente que son imprescindibles. 

En los entierros por muerte violenta (MV) también les toca arriesgar la vida, pues suele suceder que pasan sicarios tiroteando para agarrar familias reunidas, incluso, ya ha habido heridos en alguna ocasión. También muchas veces reciben maltrato de alguno que nunca falta y quiere figurar, o la amenaza de quien siente que le entierran como un perro al ser querido. Pero los sepultureros hacen su trabajo con igual respeto para todos porque, como me dicen, «Ellos no nos entienden a nosotros, pero nosotros sí entendemos a ellos».

Antes de terminar me piden sacarnos una foto. Nos saludamos dándonos las manos. Entre risas y bromas nos despedimos.      

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Lautaro Lamas
Lautaro Lamas nació en Rosario en 1980. A los quince años empezó teatro y es actor profesional desde el año 2000. Viajó por diversos puntos de la Argentina y el mundo presentando obras y fue galardonado en Cuba y Brasil. Además, publicó los libros La Covacha (Editorial Sem Nome - 2015) y Relatos Sudamericanos (PIALC Ediciones – 2019). Actualmente escribe crónicas y cuentos en diferentes portales de la web.
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