Para cambiar esta suerte

Por Leandro Rojas

Somos campeones de América. Después de todas las fórmulas, de perder y llorar y ganar y gustar, encaramos de frente la posibilidad de nuestros propios fantasmas, y ahí pudimos coronar. Habíamos llegado a pensar que teníamos una maldición o hasta una macumba. Pero se terminó liberando el grito sagrado contra Brasil, en su casa, ni más ni menos que en el Maracaná donde habíamos perdido una final del mundo siete años atrás. Y en medio de uno de los momentos más difíciles que nos hayan tocado vivir como país, de repente lo que ya parecía inalcanzable —por una pizca de felicidad—, se nos dio en una revancha bellísima. Revista Quema suspende el tiempo regular con este texto de Leandro Rojas, para abrazarnos y sentir que la copa está en casa.

¿Cuánto dura la felicidad de un campeón?

Nos tocó ganar la Copa América en la incertidumbre de una pandemia insoportable. Como una alegría en una burbuja. Un festejo contenido, que carraspea y oprime antes de que arranque el himno, una espalda contracturada, un estómago cerrado y las lágrimas que bajan, mezcla de ansiedad y angustia: son las ganas de volver a abrazarnos, de compartir una ronda de mate, o la necesidad de elegir, de salir a cualquier hora o respirar sin ningún barbijo. Pero no hay contexto que pueda detener un grito de satisfacción de este tipo. Y el gol de un triunfo desborda hasta los silencios soterrados arrasando con lo necesario, para transformarse en un grito vital.

Perder se convirtió en el temor más profundo para un puñado de jugadores que se acostumbró a llegar a estas instancias de privilegio. Pero en esta argentinidad, perder carga con el fracaso de las miradas ajenas. De los que no se atrevieron a llegar a una convocatoria. Y así fuimos perdiendo, con la imposibilidad de valorar el esfuerzo: seis finales seguidas y otras tantas chances más. Jugadores históricos y entrenadores prestigiosos limpiando las lágrimas con la camiseta como bandera, conviviendo con la frustración, aplaudiendo al rival y recibiendo la medalla del segundo puesto. 

Lionel Scaloni quiso invertir algunas fórmulas clásicas. Una copa América, algunos partidos de eliminatorias y algunos amistosos le bastaron para transformar el corazón del plantel argentino. La vieja guardia fue cediendo espacio y la renovación del seleccionado ha sido un impulso fundamental para esta copa número 15. Con pocos veteranos para sostener la estructura, sumó un grupo estable que supo consolidar y respetar. Y sorprendió con una segunda ola, refrescando el listado con apariciones rutilantes, en los momentos justos. 

Argentina fue de menos a más en esta copa, siguiendo una histórica fórmula futbolera. Se convenció de algunas cosas: por ejemplo, de que podía y debía marcar un gol antes que su rival. Ese fue uno de sus principios más fuertes. Aprovechó esos primeros 15-30 minutos en cada partido y supo manejar la ventaja adquirida. Cuando no pudo dominar el juego, cerró espacios y sufrió, en mayor o menor medida, mientras se resguardaba alrededor de un gran arquero que se fue agigantando. Hubo momentos de toque: se encontraban los pases en secuencia, cortitos, para pasar el rato, para atraer, para descubrirse y estimularse. Y en los minutos finales de cada juego, aprovechó los espacios y el apremio del rival, y entre cambio de esquemas y muchos apellidos diferentes, justificó las victorias en cada instancia. 

La final fue el partido más consistente. El equipo controló al local aún sin tener la pelota en los pies. Entendió cuándo cortar el juego, estiró los minutos de cada lateral y cada roce, y construyó un entramado colectivo que pidió rendir parejo para sostener el asedio. De fajar a Neymar, de reventar el balón sin miramientos, de interrumpir avances tirándola afuera o de poner el cuerpo para inventar un foul, de todo eso también están hechas las finales que para muchos no se juegan, se ganan. 

¿Cuántas veces volveremos a ver este gol de Di María? Muchos de nosotros podremos contar cómo fue, con quién lo gritó y hará de ese recuerdo un tesoro generacional. Merecido premio para un jugador brillante, tozudo, realizado y dueño de un coraje admirable. Para volver a quitarse el mote, para sostener la angustia de tantos intentos, de tanta lesión, ¿de cuánta agresión? Un Ángel vital para ingresar en los últimos veinte minutos. Desparramador de rivales a pura gambeta y sentenciando una historia eterna en un marco inmejorable. Una final para un corazón porfiado.

Pero también todos queríamos ver a Messi volando por el aire, impulsado por sus compañeros nuevos, y por los de todos estos años. Todos fuimos las lágrimas de Messi, su cabeza baja y el silencio del día después. Sufrimos las ocasiones falladas, los penales y las atajadas rivales. Nos pusimos pálidos cuando renunció a volver a ponerse la camiseta. Y recuperamos confianza cuando regresó para intentarlo hasta el final. Algunos necesitaban de este título para ubicarlo en un pedestal supremo de la historia del deporte. Para otros jamás será suficiente. Por suerte, para la mayoría nada de esto era necesario. A sus 34 años, el título para el capitán es una chispa de gloria, para expandir el fuego de su leyenda.   

Pero de nuevo: ¿Cuánto dura la felicidad de un campeón? Nos tocó ganar la Copa América en la incertidumbre de una pandemia insoportable. No sé cuán felices seremos mañana. Quizás no me interese pensarlo demasiado. Quizás solo se trataba de besar la copa, guardar una linda foto, llorar un rato para desahogarnos, cantar las mismas canciones de siempre, dejar nuestro nombre grabado en algún objeto y descansar, con una hermosa sonrisa de pertenencia a la nación de la belleza y el drama. 

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Leandro Rojas
Nació el 27 de febrero de 1985 en la ciudad de Rosario. Creció en Carlos Pellegrini, un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe. Estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Es autor de tres libros: “El día que Lio se cansó de hacer goles” (2013), “Penal” (2016) y "Un párrafo por día" (2021).
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