«La salud mental no es una especialidad más»

Por Florencia Tirelli y Amalia Prado

Hace un tiempo que aparecen con frecuencia en los medios de comunicación planteos sobre los efectos de la pandemia en la Salud Mental de las personas. Pareciera que surgieron nuevos malestares o se intensificaron los viejos padecimientos. Sin embargo, se habla poco sobre la experiencia concreta de quienes trabajan en el área. Mientras «la salud» estaba en el centro de la escena, casi no hubo un abordaje sobre qué implica hablar de salud integral. Entrevistamos a Josefina Cherri (Psicóloga) y Camila Calp (Trabajadora Social) para conversar sobre ésto, teniendo en cuenta la función imprescindible que cumplieron durante la crisis sanitaria atendiendo en un Hospital Modular que se construyó para enfrentar al COVID 19. Lxs invitamos a recorrer esta conversación a partir de una pregunta que atraviesa todo: ¿Qué significa incluir la dimensión de la subjetividad en las prácticas de salud?

 ¿Nos cuentan un poco sobre su formación y trabajo?

Camila: La RISAM es una residencia de formación en la que participamos trabajadorxs sociales, psicólogxs, médicxs, para hacer luego la especialidad en Psiquiatría. Hace treinta años forma parte del Servicio en Salud Mental del Hospital Eva Perón. 

Josefina: La particularidad que tiene en comparación con otras residencias (que son un sistema de formación mucho más médico, de especialización posterior al título de grado) es que es la única interdisciplinaria. Se crea con la reapertura democrática en el 85, por Vicente Galli, quien era director de la reciente Dirección Nacional de Salud Mental, pensando en formar recursos estratégicos en Salud Mental, a nivel nacional y después en cada provincia se articula. Acá, en la provincia de Santa Fe, tiene la participación de estas profesiones que mencionaba Cami, pero en otras provincias hay terapistas ocupacionales, comunicadores sociales, enfermerxs, acompañantes terapéuticxs. En el sur hay RISAMC por ejemplo, las cuales tienen una perspectiva comunitaria: se forman operadores comunitarios pensando que el campo de la Salud Mental se considera heterogéneo y confluyen no solo profesionales, sino también las voces de los miembros de la comunidad y de los usuarios. Está constituido por muchos actores sociales y por eso, esos recursos estratégicos tenían que formarse en salud mental en pos de la transformación del modelo de atención, que siempre fue más exclusiva del campo de la psiquiatría. La residencia es un sistema de formación (rentado) al cual se accede mediante concurso público abierto, dura tres años y nos formamos en el “servicio”. Esto quiere decir que unx se forma trabajando, en la asistencia y en la práctica. La lógica interdisciplinaria es fundamental en la atención de la salud mental porque se trata de entender que no hay una disciplina que tenga la totalidad del saber respecto del padecimiento, sino que confluyen distintos saberes, incluso los populares, no profesionales. Otra característica de nuestra RISAM es que está ubicada en un Hospital General, lo que le da una impronta particular, en urgencias de salud mental. Hay otras que siguen estando en Hospitales monovalentes, o que tienen más base comunitaria y están en primeros niveles de atención. En un momento tuvo un breve pasaje por lo que fue la Colonia Psiquiátrica de Oliveros, en el 88, y muy rápidamente hubo una disputa para que se trasladara al Hospital General, donde hace base en 1990. Aún no estaba la Ley Nacional de Salud Mental que es más reciente, del 2010, pero sí la Ley Provincial de 1991, a partir de la cual ya hay un montón de transformaciones también.

Es decir que el surgimiento de la RISAM en la Colonia Psiquiátrica de Oliveros, que podríamos pensar que sería posterior a la Ley Provincial de Salud Mental, en realidad se da en un proceso previo y casi paralelo a la discusión y sanción…

Josefina: La ley se sanciona en el 91, pero el decreto que la reglamenta es del 2007, bastante posterior. Pero sí, como muchas otras leyes, tiene una fuerte impronta de procesos colectivos de lucha que se fueron dando en distintos lugares. En la Colonia de Oliveros, hubo un movimiento de trabajadores y de usuarios de salud mental muy importante en donde se empieza a pensar el cierre de los manicomios. Es muy difícil pensar en el cierre definitivo, pero sí en la sustitución de las lógicas manicomiales y en cuáles son los dispositivos necesarios para sustituir el manicomio.

¿Podemos decir que la provincia de Santa Fe y Rosario en particular fueron un poco pioneras a partir de estas experiencias hasta llegar a la sanción de la Ley Nacional de Salud Mental?

Camila: En Río Negro también hubo experiencias anteriores, en los 80 y 90. Lo que tuvo Santa Fe fue una organización muy fuerte de lxs trabajadores para el cierre de los manicomios. Las dos leyes provinciales son del 91.

Josefina: Lo importante es que ambas experiencias estuvieron ligadas a la salud mental comunitaria. Todos los movimientos que acompañaron este proceso tuvieron un fuerte atravesamiento por las reformas que se fueron dando en otros lugares, particularmente en Brasil, donde se dio una reforma del sistema sanitario que excedió a salud mental pero que tiene esta característica de salud colectiva. Si una lee la ley provincial, tiene mucho sobre la clínica de la subjetividad, la clínica ampliada o la clínica del sujeto, que es un concepto de Sousa Campos, un sanitarista brasilero. Lo que se intenta romper es el modelo médico hegemónico o biomédico de concebir la salud como ausencia de enfermedad y el tratamiento de la enfermedad como el tratamiento de un síntoma y en su supresión. Sousa Campos habla mucho de concebir la salud como construcción que se hace entre lxs profesionales y lxs usuarios, que contempla no solo la enfermedad, sino el sujeto y su contexto. En ese sentido, acá todas las transformaciones en salud mental tuvieron que ver con eso, con incluir la dimensión del sujeto en las prácticas de salud. En paralelo se crea la carrera de medicina general que también tiene la imagen de este médico de referencia, de familia. Vienen de la mano la atención en salud mental y el enfoque comunitario con la APS (Atención Primaria de la Salud), en los que se trata de concebir la salud de una manera integral, sin homologar el primer nivel de atención con APS, sino concibiendo la APS como estrategia, más allá de que el sistema esté organizado en niveles de complejidad para poder funcionar. El sistema de salud está organizado en niveles y el Hospital Escuela Eva Perón es de tercer nivel de complejidad. El primer nivel está conformado por los centros de salud que están en el territorio y la idea es que ahí se garantice el acceso y la atención en salud. A los segundos y terceros niveles se llega por consultas con especialistas o por situaciones de urgencias a las guardias.

Entonces, la práctica de trabajar en el dispositivo de atención en SM convive en el día a día con los otros motivos por los cuales una persona puede llegar o estar en el Hospital, ¿no? ¿Qué particularidades y desafíos tiene esto?

Camila: Las particularidades de la atención médica en los hospitales generales tienen que ver con la fragmentación de la atención, con la lectura de un síntoma, con una cuestión para resolver, se trata de una lógica imperante dentro de la atención médica. El desafío de nuestro trabajo en salud mental es aportar una lectura que tenga que ver con la implicancia de un sujeto y de su contexto. Eso hace a todos los servicios y es un desafío de todxs a nivel general en el Hospital. Ese aporte es siempre con disputas de posicionamientos, por la lógica misma del hospital, con una atención de alta complejidad y con prácticas muy específicas que implican una forma de laburo más fragmentada. Nuestro desafío, cuando demandan una interconsulta con salud mental, es incorporar esa lectura: es un sujeto que padece, que está en un contexto y tiene una forma de vida que muchas veces no se ve o que pareciera que no se puede lidiar con eso. Se acude a Salud Mental cuando no se sabe qué hacer con eso que aparece y que emerge en una persona que está sufriendo.

¿Sucede que se “delegan” ciertas situaciones a salud mental y quien estaba interviniendo desde otro lugar se desconecta del tratamiento? 

Camila: Sí, cuando hay angustia, tristeza, un paciente que demanda “mucho”, que está solo o está sola, cuando emerge todo aquello que tiene que ver con lo social y lo subjetivo y con el padecimiento. Ahí parecería que las otras disciplinas médicas no están preparadas, ya sea por la vorágine de la atención o por la formación misma.

Josefina: En el Hospital Eva Perón están los especialistas de los especialistas y es como el núcleo más duro de la formación médica en donde pareciera que cuesta más tener esta visión integral. Parece que cada unx atiende un fragmento del padecimiento y cuesta ver la totalidad. También hay que pensar que la medicina se instituye en el hospital como lugar de formación y de saber. Es un hospital escuela, hay residencias en muchas especialidades (cirugía, traumatología, clínica, maternidad, neurología, pediatría, etc.). Es un lugar de formación y de asistencia, pero con esta lógica bien médica del paciente acostado en la cama, que tiene que ser «paciente», tiene que esperar, y cuesta pensar servicios más adaptados. Son instituciones que fueron creadas hace muchos años y hoy en día las subjetividades de esta época no encajan con este tipo de instituciones y cuesta esa adaptación. Salud Mental queda en el lugar ese de intentar integrar algo de todo eso que se va fragmentando.

Camila: Sumado a eso el HEEP es un hospital público que atiende la población de la zona norte de Rosario, del cordón industrial. Son poblaciones que están atravesadas por la pobreza, por la precariedad, no tienen condiciones de vida que le permitan quizás un cierto armado o red donde poder sostener los procesos de atención en salud, o la demanda de salud de otro modo. El hospital muchas veces funciona como un lugar de resguardo, un lugar donde se accede a un plato de comida, a una cama, cosas a las cuales es probable que no accedan en su vida cotidiana, o ir a hacerse un control al centro de salud. A veces, un ingreso por una cuestión médica te permite todo un control general que en otro momento no sería posible.

Josefina: En lo específico de Salud Mental, históricamente los «pacientes psiquiátricos», como eran llamados, estaban en los hospitales psiquiátricos o monovalentes, no en el HG. Están muy asociadas la salud, el hospital y la internación a un padecimiento orgánico, entonces introducir el servicio de salud mental en los servicios de atención general (que es lo que indica la ley), la atención de la urgencia y de las crisis subjetivas, fue y es toda una disputa que cuesta muchísimo instalar en el día a día. Parece que el paciente de salud mental no es un paciente y es alguien que está ocupando una cama, sucede mucho que se levantan y van a fumar o hacen cosas que no responden a la lógica de un paciente con un padecimiento orgánico que tienen lxs médicos. Con el tiempo, se fue logrando que haya un área dedicada en la guardia general para recibir las situaciones de salud mental. Una habitación con dos camas que reunían ciertas condiciones de alojamiento pensando que el padecimiento subjetivo no es igual que el orgánico y que se requieren otras condiciones. Desde una ventana, o que no haya objetos corto punzantes, fue todo un trabajo adecuar la institución para eso.

¿Cuáles son las formas en las puede llegar una situación de salud mental al Hospital?

Camila: Las situaciones ingresan por guardia externa general. Al estar hace treinta años la RISAM ahí, es un lugar de referencia para la población y hay pacientes que se atienden hace muchos años.

Josefina: Hay distintas vías de acceso a la atención, por guardia, por derivaciones del primer nivel o de otras instituciones de referencia, o un oficio judicial, o un paciente traído de la vía pública por el SIES o por la policía. También pacientes del consultorio externo a quienes por geo referencia les corresponde la atención en el Hospital. Interconsultas de pacientes que estaban por alguna cuestión orgánica y que se evalúa que es necesaria la intervención del servicio de salud mental, considerando que ese usuario necesita otra atención, más allá de que tenga el alta por el motivo orgánico. Hay horarios de guardia en SM, no está las 24 horas, entonces a veces hay situaciones que son recibidas por médicos de otros servicios o residencias. En ese orden, aparece también la discusión sobre si la salud mental es una especialidad para la cual uno tiene que estar formado o si también un médico en su formación integral tiene que tener algunos recursos para lidiar con ciertas situaciones, más allá de que después intervengan profesionales abocados a acompañar esos procesos. La salud mental no es una especialidad más, no funciona a modo de «interconsulta médica», sino que es un modo de concebir el sujeto y el trabajo con el padecimiento.

Para situarnos en el contexto que atravesamos de pandemia por Covid-19 y retomando lo que ustedes resaltan acerca de lo imprescindible que es una mirada integral de la salud… Durante este tiempo, «la salud» protagonizó la agenda política y pública del Estado y de los medios. ¿Consideran que se contempló desde una perspectiva abarcativa?

Camila: En el Eva Perón se construyó uno de los hospitales modulares para la atención por covid. En un primer momento, en la etapa más dura de restricciones, no hubo una concepción integral de la salud, la mirada fue más biologicista, orgánica de resguardarse, mantener las distancias, de cuidarse. Después, hubo algunos movimientos en los que emergió la importancia de considerar otros aspectos de la salud y no solo la de «cuidarse del contagio del virus». Y aparecieron algunas preguntas como «¿Qué pasa con lxs niñxs que no salen? ¿Qué pasa con la gente que está solx? ¿Qué pasa con el deseo de encontrarse con otrxs? ¿Qué pasa con la tristeza?».

Josefina: Hubo un movimiento desde el inicio a lo que se puede pensar hoy día. De hecho, recordábamos el primer paciente con Covid que estuvo en el Hospital, cuando todavía no estaban creados los centros de aislamiento ni los dispositivos que luego surgieron. Era toda una situación de emergencia y no había habido tiempo para la planificación. Había mucho miedo al contagio y por ende, mucho temor a la exposición. Ese paciente internado por covid parecía que era solo un cuerpo a estudiar y a tratar. Tuvimos que intervenir desde salud mental con ese primer usuario que ni siquiera reunía criterios clínicos para la internación, pero no podía garantizarse en ese momento el aislamiento del contacto y era paciente de Salud Mental por contar con problemática de consumo. Había llegado a la guardia por derivación del centro de salud, terminó internado en una habitación solo, se encontraba completamente aislado en una habitación sin ningún tipo de contacto con el exterior (ni celular, ni televisión, ni radio). Entraban todxs vestidos y le dejaban la comida una vez al día, sin contar con tantas explicaciones de lo que estaba aconteciendo, su situación de salud y pronóstico. Como dice Cami, a veces, aunque queramos hacer como que no existe la dimensión de la subjetividad, eso irrumpe siempre. A medida que eso fue ocurriendo, se generaron preguntas a nivel institucional y se tuvieron que, necesariamente, ir pensando condiciones de alojamiento más hospitalarias. Cuando se construyó el hospital modular, para separar una atención covid de una no-covid, se sumaron 80 camas más, 25 de terapia intensiva y las otras de clínica. Eso fue todo un trabajo que se fue haciendo con los médicxs que integraban ese hospital de cómo pensar las condiciones de alojamiento para esos pacientes porque era un hospital que tenía las luces prendidas las 24 horas, que tenía mucho ruido constante de los aparatos, donde  enfemerxs y medicxs tenían una presencia más acotada que la habitual en el resto de las internaciones (por el enorme trabajo que implicaba el cambiado y descambiado y los protocolos de bioseguridad) y quienes estaban internadxs pasaban mucho tiempo solxs. Fue ahí cuando desde Salud Mental se empezaron a sostener un montón de espacios.

Camila: Estábamos en fase 1 y el Hospital, vacío. Fue como una espera a que llegara un tsunami de cosas malas. Cuando se empezó a llenar y se demandaron los distintos servicios, había que poner lectura y construir de otro modo además de qué medicación les dábamos para poder descansar a un paciente que atravesaba lo que pasaba ahí adentro. El hospital modular es todo blanco, grande, hay ruidos. Después, eso se fue modificando, apareció la música. Pero al principio parecía una película.

Josefina: En ese momento no podían entrar ni celulares, la gente quedaba incomunicada, aislada, en internaciones muy largas, ya que la recuperación de quien ingresa no es tan rápida como en otras enfermedades. A nosotras, que trabajamos mucho con la escucha y con la mirada, nos impactó el hecho de tener que vestirnos como astronautas para ver a lxs pacientes. Ya cambiaba la posibilidad de hablar, de escuchar, de tocar, cómo construir otros modos de presencia sin la presencia física de siempre y con todas las barreras nuevas que teníamos en el encuentro con el otrx. Una está acostumbrada cuando recibe a alguien, a mirar, escuchar, observar la gestualidad. La interconsulta con pacientes que estaban angustiados, con una máscara de oxígeno o en la cabeza, nosotras con muchas cosas encima, fue todo un desafío de trabajo. Se tuvo que pensar en qué condiciones alguien cursaba una internación de esas características y Salud Mental se constituyó como un actor de interlocución para los enfermerxs, los medicxs y lxs terapistas.

Camila: Empezamos a poner preguntas como residentes en Salud Mental. No era sólo lo biológico, el desmejoramiento o no del cuadro, la neumonía bilateral o no, sino estar aislados, ver que la persona que tenías al lado desmejoraba de un día para otro, angustia, tristeza, enterarse de que falleció un familiar por covid. Era todo muy complejo, había que pensar condiciones de hospitalidad y alojamiento mínimas.

¿Cuál fue la intervención de ustedes en el Hospital con respecto a las personas (y su entorno familiar, vincular) que fueron internadas por covid? ¿Se plantearon modificaciones en la práctica institucional frente a lo que como trabajadorxs de Salud Mental proponían? 

Camila: Cuando fallece un chico muy joven en el hospital modular —tenía veinte años, no me voy a olvidar nunca de esa situación—, que estaba internado junto con su padre, la familia quería ver a su hijo. Y yo recuerdo ir a pedirle al director del hospital un modo posible con cuidados de que esa madre pudiera ver a su hijo, y me dijo que no. Lo institucional apelaba al protocolo, fue todo un proceso introducir el derecho a poder ver a un familiar, a poder despedirse, también a escuchar a lxs trabajadores, pensarnos a disposición de ellxs incluso, quienes más le estaban poniendo el cuerpo a la pandemia. En una emergencia sanitaria tiene que existir una bajada de línea clara, pero en un primer momento había mucha resistencia a ciertas flexibilizaciones y creo que tiene que ver con que nadie sabía cómo era esto.

Josefina: Sí, era muy desconocida la enfermedad, cómo cuidarse, cómo se transmitía, cuáles eran los efectos. A medida que se aceitaron ciertos mecanismos, se fue perdiendo el miedo, que también era un factor importante. Todxs lxs trabajadores tenían miedo de ir y contagiarse. Cuando se acomodó un poco todo, hubo más flexibilidad, se fue adaptando el protocolo a la singularidad de la situación en la medida de lo posible sin romper ninguna norma de bioseguridad. Hubo ciertos dispositivos que desde SM se instituyeron como novedosos, teniendo en cuenta otros que se estaban haciendo en otras instituciones. Como la posibilidad de que familiares de pacientes internados ingresen, lo que al principio había sido un no rotundo, luego se fue contemplando en algunas situaciones complejas, críticas en las que la posibilidad de no estar acompañadx era muy difícil.

Camila: Claro, eso es interesante porque cuando armamos ese dispositivo, se pensó como despedida, fin de vida, se trataba de que un solo familiar pudiera ingresar a despedirse de una persona que estaba internada. Con el paso del tiempo, se instaló la práctica de que cada persona que ingresa tiene el derecho a recibir a un familiar o persona cercana que lo visite. Surgió a partir de pensar una práctica que garantice el derecho a una muerte lo más digna posible y de acompañar los procesos de duelo de las familias. Hoy se piensa como parte de una estrategia terapéutica, sobre todo, para aquellas personas que están internadas hace mucho tiempo. Al principio fue resistido y hoy está aceitado como un dispositivo que ni siquiera es por única vez. Han ingresado familiares, pastores, etc. Obviamente, requiere de todo un trabajo y preparación que personas ajenas ingresen, pero se hace pensando en que esa presencia ahí pueda generar un efecto positivo en la persona internada.

¿Hubo recepción de parte de lxs trabajadores del espacio que se puso a disposición para abordar cuestiones de salud mental?

Josefina: Llama mucho la atención, pero cuando se instituyó como dispositivo de escucha telefónica a trabajadores, no recibimos llamados. El trabajo se fue construyendo en el día a día cuando aparecieron los pacientes y las situaciones concretas con las cuales pensar las intervenciones.

¿Consideran que hubo y hay efectos particulares de la pandemia en la SM de las personas? ¿Cómo afectó cierto discurso del «miedo», en el que el temor a contagiarse/enfermarse construye un adentro seguro y un afuera/un otrx amenazante?

Camila: No sé cuáles van a ser las consecuencias realmente, no me animo a decirlo ahora, pero para mí una de las cosas que más se ven y se escuchan es el miedo en general, el miedo a la muerte en particular, y la tristeza. Noté muchas situaciones en las que haber tenido que hacer un aislamiento o haber transitado la enfermedad, en soledad, genera una angustia particular. Quizás a partir de la profundización de ciertos conflictos previos pero que en esta situación generan una inestabilidad mayor. No hay que perder de vista que la pandemia para gran parte de la población implicó pérdida de laburo, de familiares, de lazos. Hubo un aumento en relación a cierto malestar subjetivo, insomnio, ataques de pánico, ansiedad, entre otros, que se ubican en el inicio de la pandemia, a veces con identificación de ciertos conflictos de larga data, pero que se agudizan en ese momento. 

Josefina: La construcción sobre un otro amenazante, enemigo, que te puede contagiar estuvo presente sobre todo en un inicio, con los discursos más duros respecto a la pandemia. Y a mí me parece que el aislamiento y la soledad son dos cosas que incidieron mucho porque siempre que se piensan procesos de salud o enfermedad, el acompañamiento de lxs otrxs, el cuidado es algo que sostiene mucho y en este caso no estaba esa posibilidad. Por otro lado, da la sensación de que hemos perdido habilidades sociales. Todxs nos hemos encerrado un poco y hay algo de la vida en común que cuesta más. Sumado a que, frente a situaciones así, las redes de sostén que unx tiene se vieron perdidas. Al principio de la pandemia estábamos muy preocupadas por todos los dispositivos que dejaron de estar disponibles. Se cerró el centro de día, no se hacían acompañamientos terapéuticos o la atención en violencia de género, etc. Muchas situaciones que no sabíamos cómo iban a ser resueltas. No quedaba en claro dónde iban a ir lxs pacientes que requieran internación por salud mental. O el caso de lxs pacientes que dependían del comedor, por ejemplo, fueron situaciones críticas, porque no estaban previstas.

En su trabajo conviven mucho con lo urgente, en la celeridad de lo cotidiano y con intervenciones en las que parece que siempre se llega tarde: ¿creen que esto se profundizó durante este tiempo (con la pandemia)?

Camila: Todo era incertidumbre, incluso en las instancias de gestión institucional y política. Cómo reorganizar la red de salud nos preguntamos y tuvimos que ir armándola a medida que avanzaba la pandemia y se presentaban las situaciones. Hubo que intervenir e inventar soluciones con mucha dedicación por parte de lxs trabajadores. Salimos a pelear bolsones de comida para aquellos pacientes que dependen del comedor. Fue un armado bastante artesanal, porque no estaba claro cómo se iba a resolver. Después volvimos a trabajar en el consultorio externo, pudimos volver a internar y retomar la dinámica de trabajo que traíamos.

Josefina: El tema es cómo hacer hoy día para seguir atendiendo la pandemia y volver a retomar procesos de salud integral que quedaron en un segundo plano por lo mismo. Desde cuestiones básicas, como los controles de salud sexual y reproductiva en los centros de salud, que fueron interrumpidos. Porque, si bien el covid es algo que es imposible no atender, también la gente se enferma de otras cosas y es necesario darle lugar a todo eso. Desde enfermedades crónicas, situaciones de vulnerabilidad, de violencias. Hubo una atención de lo urgente y desde la emergencia, pero la salud no es sólo la atención de la urgencia, sino también es la prevención, la promoción, etc., que fueron quedando relegadas. Es importante programar intervenciones para retomar la atención de la salud además del covid. Ese es el desafío actual porque son procesos lentos. 

¿Qué implicó todo esto en la dinámica de trabajo? ¿Cómo atravesaron ustedes como trabajadoras los devenires de este tiempo?

Josefina: El impacto de este proceso fue de transformación o readecuación de lo asistencial a nuestro proceso formativo. Al ser nuestra residencia una instancia de formación, teníamos una estructura y organigrama de clases, dispositivos asignados por año, rotaciones por otros servicios, etc. Y mucho de esto se fue cayendo e interrumpiendo. También la necesidad de contar con espacios de elaboración de lo que estábamos viviendo fue reestructurando el programa formativo. Y cuando volvieron los espacios formativos (primero de manera virtual) se trató de actualizar a esto nuevo que estábamos viviendo. Por ejemplo, cómo procesar la muerte que veíamos todo el tiempo. 

Cami: Es muy duro lidiar con la muerte con esa intensidad, aunque estés adentro de la UTI, seas enfermerx o seas del servicio de SM. Es muy duro de atravesar, y a su vez acompañar a las familias en tanta tristeza y tanta incertidumbre.

Josefina: Y nuestras intervenciones en el marco de un nuevo límite. El trabajo con ese límite que se corrió fue duro también, porque una trabaja en salud y trabaja con la enfermedad, pero en pos de la producción de otras condiciones de vida, apostando a transformar algo de eso y a la vida, pero en un momento determinado fue solo acompañar la muerte. Eso nos cambió mucho, nos corrió un límite. Nadie está afuera de la pandemia, en otras situaciones de emergencia o de catástrofe en las que intervienen equipos de SM, suelen trabajar personas con cierta exterioridad, por ejemplo, en el caso de la explosión del edificio de calle Salta o las inundaciones en Santa Fe. Acá fue completamente distinto, estamos todxs implicadxs. Tanto por la posibilidad de enfermarse de covid, como la pérdida de familiares, la misma incertidumbre. También necesitamos de ciertos sostenes para ir procesando todo eso que vivíamos día a día.

Con respecto a los discursos que circulan, principalmente en la escena mediática, pareciera que hay momentos específicos en los que la discusión sobre el campo de la psiquis emerge, irrumpe. Por ejemplo, sobre las «consecuencias» del aislamiento o de algo puntual como el incidente con Chano, ¿qué pueden decirnos al respecto? ¿Cuánto falta? ¿Qué imaginarios se configuran sobre la SM o la locura en esos relatos?

Josefina: Tiene que ver con asociar la locura a la peligrosidad y como «solución» para eso está el encierro. Resurgen estos grandes discursos hegemónicos en los que el loco o quien tiene un padecimiento subjetivo tiene un lugar y es el manicomio, no es merecedor de una atención integral, es lo que molesta, lo desconocido. Ese discurso también sostiene una disputa de sentido, hay muchos grupos que defienden intereses que se resisten a los cambios que la ley de salud mental pretende incorporar. Se habla de la sustitución de las lógicas manicomiales en el sentido de que, con los procesos históricos que hubo de reformas de atención psiquiátrica en distintos lugares del mundo, se llegó a la conclusión de que con cerrar el manicomio y derribar el muro del manicomio no alcanza, porque lo que hay que romper es una lógica que se puede tener incluso si unx está trabajando en otro lado. La lógica manicomial es el modo en el que vos comprendés la locura y el tratamiento que le das a eso. Incluye la medicalización, la exclusión, la esencialización. Es decir, sos eso y va a ser tu identidad para siempre. 

Los muros no son solo los del manicomio…Josefina: Claro, entre lxs trabajadores y en la institución misma aparece constantemente esta disputa.

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