Etiqueta narco

Por Eugenia Cozzi

El crecimiento de la violencia urbana en Rosario suele ser narrado como el efecto más visible de una guerra narco que se disputa principalmente en los barrios populares. Pero, ¿hasta qué punto estos niveles de conflictividad en la ciudad están ligados estrictamente a dinámicas narcocriminales? Convocamos a la doctora en antropología Eugenia Cozzi para pensar un poco más allá de estas «categorías auto-explicativas» y poner de relieve otras dimensiones del problema.

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En los últimos años, en Rosario, el narcotráfico se instaló como uno de los temas centrales en las agendas públicas y mediáticas, sólo desplazado por momentos por la irrupción del movimiento Ni Una Menos, primero, y por la crisis sanitaria provocada por la pandemia del covid-19, después. En el marco de un aumento significativo y sostenido de la tasa de homicidios registrados, se hegemonizó la construcción social de una imagen de la ciudad, de los barrios populares y de las muertes y sus muertos de una manera particular. 

La ciudad fue señalada una y otra vez como el epicentro del avance del narcotráfico en nuestro país; los barrios populares, como territorios gobernados por los narcos, en los cuales el Estado no entra; y las muertes, las personas heridas, las balaceras, como si fueran sólo el resultado de una guerra. Una guerra sin reglas, producto de una violencia instrumental y, al mismo tiempo, irracional en la disputa por el territorio en el mercado de venta de drogas. La narrativa bélica impregnó también la caracterización de les jóvenes que participan en estas actividades, presentándolos como soldaditos o sicarios. 

Al mismo tiempo y como si fuera poco, se comparó de manera frecuente a Rosario con otras ciudades, como Medellín o Ciudad Juárez, poniendo el foco en el mentado avance del narcotráfico, aunque poco se asemejen las características del mercado de drogas local con el de esas ciudades. Se reeditaba así uno de sus títulos más antiguos, el de «La Chicago argentina». Esta referencia reposa en varias historias. Osvaldo Aguirre cuenta que en sus orígenes dicha analogía estuvo vinculada al desarrollo económico de la ciudad. Y que luego, a principios del siglo XX, se ligó más bien a cierta criminalidad, caracterizada como la mafia rosarina. Se reedita este título ahora, un siglo después, comparándola con otras ciudades, ligadas a otro tipo de criminalidad. 

Sin embargo, para tratar de comprender ciertas conflictividades que están teniendo lugar en Rosario en los últimos años, resulta necesario historizar y complejizar la mirada sobre las dinámicas de la(s) violencia(s) y su ligazón (o no) con la expansión de determinados mercados ilegales. Utilizar la categoría narcotráfico como explicación total, exclusiva y excluyente de estas conflictividades trae una serie de problemas y dificultades. 

¿Todos narcos?

El mercado ilegal de las drogas es popularmente mencionado con el término narcotráfico, a pesar de que la propia categoría es problemática, ya que es sumamente amplia e imprecisa, por no decir errónea. Oculta más de lo que explica y, sobre todo, homogeniza y estigmatiza. Es errónea: la palabra narcotráfico proviene de narcótico que (al igual que términos como sustancias psicotrópicas y estupefacientes) no describe apropiadamente a todas las sustancias que hoy en día se encuentran ilegalizadas. Es amplia e imprecisa: se pretende incluir bajo un mismo rótulo toda una serie acciones, transacciones y prácticas muy diversas, que van desde los niveles de producción, tráfico —nacional e internacional—, comercialización —mayorista y minorista— y consumo de drogas ilícitas, a actores muy dispares: desde campesines productores y jóvenes de sectores populares involucrades de manera subordinada en estos mercados, hasta empresaries internacionales, opacando más que iluminando las dimensiones del fenómeno. 

Ya en 1989, Rosa Del Olmo nos alertaba sobre los peligros del uso de esta categoría para intentar comprender las conflictividades en ciudades latinoamericanas. La autora le atribuye a la administración Reagan la invención y propagación del término en toda América, en el marco de la declarada «guerra contra las drogas», cuyo principal objetivo eran los países productores de cocaína. Señalaba que, a pesar de su confusión conceptual, el término se impuso como un slogan político, como un comodín que incluía a una serie de actores diversos, sin diferenciarlos y acusándolos de todos los problemas económicos o de violencia en América Latina. El narcotráfico se constituía como el enemigo público por combatir, aunque poco tenía que ver en esos problemas el incremento de la industria de la cocaína en la región. Algo similar podemos pensar que sucede con nuestra ciudad. 

A su vez, la mayoría de las veces, se desconoce el complejo proceso histórico de criminalización de la producción, comercialización y uso de determinadas sustancias, que tuvo su origen a principios del siglo XX, dando por sentado un supuesto orden natural de las cosas, cuando se trata más bien de comprender cómo «el problema de las drogas» es producto y resultado de la iniciativa de determinados actores, burocracias o grupos, tal como nos enseña Florencia Corbelle. 

¿No es tiempo entonces de intentar otras categorías para nombrar el surgimiento y expansión de algunas economías ilegales en nuestra ciudad? ¿No se impone la necesidad de pensar categorías que permitan iluminar los matices y las diferencias al interior de estos mercados y su yuxtaposición con la economía legal? ¿Y que al mismo tiempo permitan discutir a fondo el paradigma prohibicionista imperante hasta el momento en materia de drogas?

¿«Guerra narco» o «guerra contra las drogas»?

A su vez, el término narcotráfico en su uso cotidiano suele equiparse a inseguridad y presentarse como explicación última de toda violencia. Rosario ha tenido históricamente una tasa de homicidios registrados por debajo de la media de las grandes ciudades de nuestro país y muy por debajo de otras ciudades de la región. A partir de 2012, esa tasa comenzó a incrementarse significativamente, y llegó a un pico en 2013. Tendencia que se sostiene, con algunos leves descensos, hasta la actualidad. La gran mayoría de los muertos y sus agresores son varones jóvenes de barrios populares. 

Periodistas, policías, autoridades políticas o judiciales, expertes, activistas y militantes acostumbran vincular directa —y casi exclusivamente— el aumento sostenido de la violencia en la ciudad a la expansión del mercado de drogas ilegales. Esas muertes suelen ser caracterizadas, en los medios de comunicación, en los discursos oficiales y de diversas organizaciones sociales y políticas, como «disputas territoriales por el control de la venta de drogas», «ajuste de cuentas del narcotráfico» o directamente, como el resultado de una «guerra narco». El narcotráfico o lo narco se instala como prisma que es utilizado una y otra vez como categoría auto-explicativa de una variedad de fenómenos. Prisma que distingue, homogeniza, etiqueta, y al mismo tiempo tranquiliza. El problema está en otro lado, son los feos, sucios y malos de siempre.

Si bien en los últimos años ha habido un mayor desarrollo de determinados segmentos del mercado de drogas ilegalizadas (de algunas sustancias en particular) que podría acelerar algunas conflictividades e impactar en otros mercados ilegales —como el circuito de circulación de armas de fuego y municiones—, esta expansión no logra explicar por sí sola el aumento de los homicidios. Otras caracterizaciones sobre estas muertes se imponen como necesarias y permiten iluminar diferentes dimensiones de la(s) violencia(s) que sufren y protagonizan estes jóvenes. 

«Acá no hay una guerra narco, los pibes se quieren hacer ver», «querían ser uno más que el otro», «quieren hacerse cartel de tira tiros» repetían sin cesar jóvenes de un barrio de zona sur, disputando los sentidos hegemónicos y externos construidos sobre su barrio y sobre sus muertos. Para les jóvenes tener cartel es una forma de tener un nombre, una reputación, de ser conocido (fama) o reconocido (honor y respeto). Colocaban así explicaciones ligadas más bien a muestras de valentía y coraje, relacionadas a demostraciones de una cierta masculinidad hegemónica, refiriendo a un aspecto productivo en términos de obtención de honor y prestigio social, y formas de construcción o disputas de poder y autoridad, con materiales socialmente disponibles.

Es decir, no es posible comprender estas formas de construcción de prestigio social y honor, estas búsquedas de reconocimiento, sin situarlas en los contextos de desigualdad y exclusión social en las que se producen, en los que se sufren experiencias de humillación, explotación económica y opresión política. Se trata de formas de construcción de reconocimiento en los espacios sociales en los que les resulta posible, lo que también da cuenta de que ello les es negado o dificultado en otros ámbitos sociales más convencionales. Formas de afrontar experiencias de humillación que les jóvenes sufrieron en la escuela, al circular por la ciudad, en sus interacciones cotidianas con la policía, y, especialmente, en el mundo laboral legal —formal e informal—, ocupando los puestos más precarios y peores pagos. 

Cuestiones que nos colocan frente una pregunta urgente: ¿Cómo en nuestras sociedades profundamente desiguales producimos otros materiales para que estos jóvenes varones puedan sentirse reconocidos, respetados, protegidos y conocidos, sin que medie un despliegue de violencia contra un otro que a su vez ha sido construido socialmente como matable, descartable, desechable? 

Pero no sólo no nos hacemos esa pregunta, sino que seguimos intentando las mismas respuestas que únicamente provocan más sufrimiento. De algún modo, narcotráfico se vuelve una categoría auto-explicativa, una caracterización homogénea, una etiqueta, que genera, además, efectos particulares. Me refiero a cómo estas caracterizaciones inciden en las configuraciones particulares de las políticas públicas en materia de seguridad, que vienen siendo implementadas en nuestra provincia. Estas resultan predominantemente punitivas, dirigidas siempre hacia los mismos sectores sociales e inspiradas en el paradigma prohibicionista. Es la revenida y fracasada «guerra contra las drogas», una y otra vez. 

Lo que resulta más problemático aún es que la apelación al narcotráfico, como explicación final de toda violencia, la mayoría de las veces se desconoce la incidencia decisiva de las políticas de seguridad y de las prácticas de las burocracias penales —en especial, de las policías y fuerzas de seguridad, pero también de la burocracia judicial— en la configuración local y particular, tanto de esos mercados ilegales, como de la(s) violencia(s) que sufren de manera intensa algunos grupos sociales. 

«Rosario, La Chicago Argentina», «Rosario, ciudad narco»: títulos que se vuelven categorías auto-explicativas, caracterizaciones homogéneas, etiquetas, que oscurecen más de lo que iluminan las dimensiones de estas conflictividades y que generan, además, políticas públicas que sólo reproducen desigualdades sociales y sufrimiento. Urge colocar otras preguntas que hagan estallar esas etiquetas, urge ensayar otras respuestas porque los muertos siguen siendo siempre los mismos. 

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Aguirre, O. (2006). La Chicago argentina: crimen, mafia y prostitución en Rosario. Rosario: Editorial Fundación Ross.

Olmo, R. del (1989). Drogas: distorsiones y realidades. Revista Nueva Sociedad, 102, pp. 81-93.

Corbelle, F. (2019). La construcción social del «problema de la droga» en Argentina, 1919-2018. Revista Ingesta, 1(1), pp. 14-40.

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Eugenia Cozzi
Doctora en Antropología (UBA), Magister en Criminología (UNL), Abogada (UNR). Investigadora de CONICET. Docente e Investigadora del Departamento de Derecho Penal, Criminología y Seguridad Ciudadana de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Investiga la participación de les jóvenes de sectores populares en el mercado de drogas ilegalizadas, en robos y en situaciones de violencia(s), así como prácticas de las burocracias penales, en especial, policías y fuerzas de seguridad en relación con este grupo social. Es integrante de la Multisectorial contra la Violencia Institucional.