streaming en pandemia

Cantar para sobrevivir

Por Javier Galarza | Fotos: Juan Ignacio Porta

Marzo de 2020. Confinamiento total en la Argentina. Miles de actividades quedan suspendidas de golpe. El futuro es incierto y la incertidumbre es sinónimo de angustia y desesperación. Un puñado de amigos imagina cómo zafar, porque de eso se trata: de sobrevivir a la tormenta. Nace en Rosario «Todavía Cantamos», un certamen online de canto para los que atraviesan la cuarentena en la ciudad. Javier Galarza se metió en los estudios de grabación, tomó nota, participó de las galas y escribió esta crónica para Revista Quema.

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El canto nace con la primera expresión vocal del ser humano, como forma más elevada del lenguaje, y vinculada, cómo no, a lo divino y a lo místico. La primera vez que alguien cantó se presume que fue ayer nomás, hace unos cincuenta mil años, momento en que la especie evolucionó rápidamente gracias a alguna extraña conexión neurológica que le permitió comenzar a dominar su aparato fonador.

En cambio, la última vez que alguien cantó es acá, es ahora, y es un tema de Ángela Leiva. Es una noche de diciembre y estoy presenciando la grabación de Todavía cantamos, primer certamen de canto del mundo que se transmite vía streaming. Es decir: un programa de formato interactivo, en el que los implicados (conductor, participantes y jurado) se encuentran de manera remota, casi como el epítome de la nueva normalidad. Y que es rosarino, como el Che, o como estacionar en el centro en doble fila.

Así, todos los sábados y domingos a las 21, a través de una reunión de Zoom, pudimos ver a distintos artistas de la ciudad interpretando un repertorio de lo más ecléctico: desde «Garganta con arena», hasta una ópera del año 1918, pasando por Gilda, o el imperdible opening de Dragon Ball Z (youtube + todavía cantamos + chala head chalá: de nada).

Toda historia es, entonces, una concatenación de pequeños éxitos y fracasos. La de Todavía cantamos, al fin y al cabo, es también la historia de Espacio 9, que es la historia de dos personas que se quedaron sin nada y se la rebuscaron, en medio de un virus que azota al mundo. Ellos y sus circunstancias. Y sus participantes. Es una historia que merece ser contada.

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«Era hacer esto, o vender empanadas». Quien habla es Lucas Suárez, actor, director de teatro y cocinero trunco. Lucas fue el ideólogo de Todavía cantamos, junto a Sofi Molinengo, actriz y compañera de vida. Juntos llevan adelante Espacio 9, centro cultural que vio reducidos a cero sus ingresos a partir de la llegada de la pandemia, y su consiguiente aislamiento. Rodrigo Reasconts (Rolo, de aquí en más), actor, amigo de Lucas y conductor de Todavía cantamos, corrobora esta versión: «La realidad es que los chicos inventaron esto porque no sabían cómo carajo pagar el alquiler».

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Lo que se está llevando a cabo en estos momentos son los rodajes de la competencia final de la segunda temporada. Y si hay una segunda, es porque antes hubo una primera, y si hubo una primera, es porque hubo una idea, una producción y una ejecución previa. Dice Rolo: «Nos ayudó Eric Baez, productor de contenidos de la ciudad de Buenos Aires y amigo nuestro, que de alguna manera ordenó todo». Cuando Rolo dice «todo», se refiere al formato del show, las bases y condiciones, los rodajes y la difusión. O sea, todo. Rolo explica:

– Bases y condiciones: «Queríamos diversidad de estilos fundamentalmente».

– Formato: «Son galas de seis artistas, de los cuales dos acceden a la siguiente fase; uno por decisión del jurado, y otro por voto del público». Todos (público, jurado, artistas y conductor) se encuentran en una reunión de zoom, a la que para acceder, hay que pagar una accesible gorra virtual de $200.

– Difusión: «Hicimos publicidad en Instagram y nos llegaron más de 120 videos de gente de todas partes de Argentina. Pero decidimos hacerlo solamente con participantes de Rosario, para grabarlos nosotros y tener una buena calidad de audio y video. Después reproducimos eso el día de la gala, creando la idea de falso vivo. Les pedimos a los participantes que el día que se haga el streaming, tengan la misma ropa con la que grabaron un par de días antes».

– Rodajes: «Cada participante nos llevaba quince minutos, hacíamos cuatro participantes por día, y con la cuestión de los protocolos, la desinfección de micrófonos y ambiente, más lo técnico, los rodajes duraban hasta seis horas por día».

El premio para el ganador o ganadora de esta segunda temporada son quince mil pesos, o lo que es lo mismo, un Ingreso Familiar de Emergencia y medio. Todavía cantamos cumple y dignifica.

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¿Cómo se hace algo que no existe? Quiero decir, cómo puedo estar seguro de que el invento que llevo adelante salga como quiero que salga, cuando nadie lo hizo antes y no se conocen a ciencia cierta los riesgos. «Prueba y error», dice Sofía. «El tema es que por eso yo, por ejemplo, me comí un estrés bárbaro».

Quienes trabajan habitualmente con tecnología, saben que todo lo que puede salir mal, efectivamente, sale mal. El insólito derrotero de complicaciones en la primera temporada de Todavía cantamos implica un sinfín de nimiedades (y no tanto) que saboteaban la calidad del show y de la cual se podría hacer la siguiente taxonomía: problemas con los participantes, con el funcionamiento del sistema, con el público. A saber:

Primero, había participantes que en la reunión de zoom ponían el celular de manera horizontal, con lo cual en la transmisión salían invertidos. Si se lograba que todos se acordasen de eso, solía suceder que a mucha gente se le apagaba la cámara porque, básicamente, no habían cargado la batería del teléfono.  

Luego, podía pasar que existieran lagunas interminables entre la interacción de conductor y participantes o jurado, o desfasaje entre el audio y la voz. Ni hablar de la nunca bien ponderada imagen pixelada.

Finalmente, podía producirse algo que, siendo fatalistas, podríamos llamar el colapso total, momento producido por el ingreso de más gente que la que podía albergar la plataforma. Dice Sofía: «Los participantes o sus familiares pasaban los links a otra gente, que no había pagado la entrada, para que haya más seguidores suyos, y así ganar por el voto del público». Como las reuniones de zoom tienen un máximo permitido, hubo galas en las que gente que había pagado la entrada se quedó afuera. Y a veces pasaba todo eso a la vez.

Como si esto fuera poco, si usaron zoom alguna vez, como la mayoría de las personas en 2020, habrán notado la existencia de un chat. Un chat, que empezó con tibios «Vamos Fer» o «Daleee amigaa» y que fue mutando en trolleo, con una escalada de violencia sistemática y organizada por parte de seguidores de participantes, contra otros. «Me sorprendió la impunidad que generan las redes», dice Sofía. Los chats son la imprenta de los pueblos 2.0.

«Hoy todas estas cuestiones están más aceitadas», me dice Rolo, en un bar, con el tono de quien te quiere vender un Duna 94. 

—¿Posta?

—Sí, tenés que venir la próxima vez que grabemos.

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Es 8 de diciembre, día de La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, quien fue concebida libre pecado y llena de gracia. En lo que nos compete: es feriado. Hoy hay rodaje, y para este equipo pareciera no haber vacaciones ni feriados. El gremio del streaming es muy sacrificado. 

Espacio 9 es una casona grande, de las de antes, espaciosa, y con muchas habitaciones. Decorada como lo que se les viene a la mente cuando piensan el sintagma centro cultural. 

En la habitación principal funciona el estudio. Allí cantan los participantes, entre tres paredes normales y una pintada de verde. «Es el croma que pudimos conseguir», dice Rolo. El croma es una técnica audiovisual de post producción en la que se reemplaza un color (en este caso, el verde) por un fondo con una imagen o video. Así, todos los cantantes se ubican por delante de la pared, y gracias a la magia de la edición, en el falso vivo aparecen con animaciones varias. Dice Rolo: «En verdad se hace con una tela específica y lo que hicimos fue agarrar la pared y comprar pintura verde. Ya fue». En un alarde de ironía, la productora que formaron se llama Croma Producciones.

Hoy se graban las actuaciones que saldrán en el programa de la semana que viene: cinco artistas lo darán todo para llegar a la cima de este éxito doméstico y tangible.

Hay varios equipos de luces, y personal técnico laburando. Una consola de sonido con muchos cables conectada a una computadora. «Esta máquina vale lo mismo que un auto», dice Lucas. 

Y están los participantes, que van llegando de a tandas porque el dios protocolo así lo exige. 

La escena es siempre más o menos la misma: mientras un cantante graba su tema en la sala (tiene dos oportunidades para hacerlo), el participante siguiente habita la espera afuera, en un espacio contiguo. Y es un hermoso momento de tensión, porque quien espera escucha lo que sucede allí adentro. O mejor dicho, hace como que no, pero sí. Entonces quien circunstancialmente espera, mira el celular, habla con alguien random, se pone auriculares, mira de nuevo el celular, o mira hacia la nada, queriendo no estar, queriendo no afrontar ese nerviosismo del quinto penal.

«Es para estar en nuestra burbuja», dice Facundo, participante que está a punto de entrar a grabar. Es muy difícil que una persona con la estampa de Facundo pase desapercibido: ojos delineados, barba de dos semanas, labios pintados, camisa blanca hasta las rodillas, que dan cuenta que bien podría ser un Air Supply, pantalón mostaza y zapatos de taco alto.

—Igual, el plano con el que graban es del pecho hacia arriba, no van a salir los zapatos.

—No importa, uno siempre tiene que estar divino.

Es curioso como hay algo del concepto «salir en televisión» que sigue operando en nuestras mentes, que hace que nos vistamos para la ocasión. ¿Cómo me veo? O mejor dicho: ¿Cómo me veo ante los demás? Sartre decía que la presencia de otra subjetividad ante la propia conciencia es necesaria para nuestra autoconciencia: somos conscientes de nosotros en la medida que el otro nos valora. Y en la escala de valores de la televisión, evidentemente, nadie valora bien a una persona mal vestida, y por ello decidimos lucir bien peinados y con nuestras mejores ropas. Salvo que tu sobrenombre sea Pollo y seas el Secretario General de la Unión Ferroviaria.

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«Estoy agradecido que existan estos espacios en toda esta circunstancia tan caótica que es la pandemia, porque siento que a todo el mundo lo desamparó un poquito de sus sueños», me dice Cheng, un participante mientras espera.

Cheng en realidad se llama José Luis Salazar, es venezolano, y se vino a vivir a Argentina «por la situación de su país», dice, aunque no quiera ahondar en ese tema. «No quiero profundizar». 

Es alto, habla rápido y con tonada dulce. «Es muy importante el premio en dinero, porque uno de los rubros que más han sufrido es el artístico. No hay protocolo para ellos, no se hace nada, y no se visibiliza la cantidad de gente que han abandonado sus sueños y han vuelto a un trabajo más convencional. Estos espacios te conectan nuevamente con esto que tanto amas, y sentías perdido».

—¿Cuál es tu sueño?

—Tener nuevas experiencias artísticas. Yo amo la comedia musical y me encantaría poder vivir haciendo eso.

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Es el gran día. Nos encontramos en las vísperas de las Fiestas y Cheng, Milu, Belén, Julieta, Sofía y Lucía competirán para ver quién gana el concurso. La cita es a las 21, pero te recomiendan que 20:30 ya estés en tu computadora, para ir entrando de a poco. Casi como cuando vas al teatro.

Sucede algo curioso con el formato. Resulta novedoso y en algún punto, obsoleto. Es de verdad fascinante que esto esté sucediendo y hasta es entendible el éxito que haya podido tener la primera temporada, en mayo/junio de 2020, apogeo del aislamiento. Actividades de esta naturaleza generaban una expectativa de que pasara algo distinto a una serie de días todos iguales. Pero sucede que ya estamos a finales de diciembre, hace 29 grados y esto bien lo podríamos estar haciendo de manera presencial, en un espacio al aire libre, y tomando cerveza con distanciamiento.

Una vez recibido el link, la espera. Animaciones y música genérica. Momento de organizar la cena, pues esto viene para largo. Comida y computadora no maridan muy bien, así que una picada de fiambres será el menú. Y las cervezas que hagan falta para las dos horas que va a durar esto.

Me aceptan a la reunión. Entro. Esos segundos entre el zoom y la nada logran la atención necesaria para generar intriga y emoción. Desactivo el sonido porque así lo requiere la organización. Desactivo mi cámara, porque así lo requiere mi autoestima: nadie merece ver el indigno espectáculo de un hombre con la remera rota, a punto de separarse, cenando solo un sábado a la noche. Mi foto de perfil, unos años más joven con lentes oscuros, es la imagen que proyectaré, porque esto es televisión, y ya sabemos el temita de la mirada del otro.

Ya en la reunión, pasan unos quince minutos y nada. Animaciones, publicidades. Seguimos a la espera hasta que por fin comienza. Rolo exhibe sus dotes de actor y lleva el programa de manera fluida. Nobleza obliga: ninguno de los problemas mencionados anteriormente sucede. Si sucede, se resuelve de manera inmediata.

Lo primero es la presentación de los jurados. En general, se trata de profesionales en el ámbito del canto o la comedia musical, cuyas devoluciones toman el carril de lo constructivo. Acá no hay una Nacha Guevara diciéndole a una participante «No pierdo el tiempo con casos perdidos». No existe la lógica de la confrontación que tanto vende. Hay muchos «Me encantó tu crecimiento en este tiempo», hay «En esta parte aguda, no tenses el cuello, ya que es difícil llegar a la nota», y demás devoluciones en pos del crecimiento artístico y personal. «Eso fue buscado», me dirá Rolo, días más tarde. «La devolución de los distintos profesionales, los guiaron para seguir trabajando y mejorando, independientemente del concurso. Por eso hay buena onda entre todos, incluso entre los participantes».

«Somos muy unidos», me dijo días atrás Belén, finalista que se postuló por primera vez a un concurso de canto. «Si bien no deja de ser una competencia, no hay ese espíritu de competir. Ese es el mejor mensaje». Y Cheng ratifica: «Todos somos conscientes que hay nerviosismo, pánico y miedo a fallar porque hashtag millenial (sic) y la ansiedad y depresión es algo que nos caracteriza. Entonces si somos amables, todo es más llevadero».

El programa continúa. Durante la emisión de los videos grabados previamente, la pared verde original fue reemplazada por animaciones de fondo en color azul, con una especie de rayos láser en color violeta. Todos tienen el mismo efecto, y parecen estar cantando desde el más allá. Pasan los videos, quedan los artistas.

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En el chat no hay trolleo: solo mensajes de aliento. Y mucha familia con cartel a la cámara. Momento clave: votación final. De pronto, aparece en nuestras pantallas una opción de votar y pasa un poco lo mismo que cuando votamos cosas un toque más importantes, como a presidente: hacerlo mal. O el insólito miedo a que te impugnen el voto porque doblaste mal la boleta. Presto especial atención. Voto por Milu, y su cover de Miedo, de la banda española M Clan. Pierde. Juli y Sofi son las dos que más votos tuvieron. Hay ballotage. Como no soy irresponsable, pienso que no son lo mismo. Voto por Sofi y su relectura de Cristina Aguilera. Gana. Con la democracia se come, se cura y se ganan concursos.

 Hay emoción. Son las 22:46 y estamos todos siendo testigos de la gloria. Los demás finalistas aplauden y ponen cara de famoso que no gana el Martín Fierro. Hay risas, hay abrazos y muchos mensajes de felicitaciones en el chat. Sofía Gaggioli es la ganadora de la segunda temporada de Todavía cantamos.

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En la ciudad de Rosario han cerrado alrededor de veinte centros culturales. Espacio 9 fue la excepción a la regla. «Yo hice, en su momento, producciones de comedias musicales con treinta personas y teníamos que hacer dos funciones para sostenerlo económicamente», dice Lucas, luego de la final.

—¿Y alcanzaba solamente con eso?

—No. A veces terminábamos haciendo fiestas, no disfrutando la parte artística y estresándonos porque no sabíamos si la gente venía. Hace un par de años que hicimos la obra Te quiero hasta la luna, en Kika, y a lo último era remarla en dulce de leche: porque a veces te decían «Hay catorce entradas vendidas, no vamos a abrir por catorce personas».

—¿Cómo estaban económicamente antes de Todavía cantamos?

—Con la soga al cuello.

—¿Y ahora?

—Sigue apretando, pero un poco menos.

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Es marzo de 2021. La historia de Espacio 9 es la que salió bien. Hoy, el centro cultural cuenta con talleres presenciales de canto, teatro para niños, teatro para adolescentes, comedia musical, danza para adultos mayores, y K-Pop. 

Termino la nota en un bar céntrico de la ciudad, de esos modernos con panadería y mesas tipo coworking.

Llamalo destino, casualidad, hilo rojo, universo, pero de pronto, se me acerca el mozo, con barbijo, lentes. Alto. Tonada dulce. Es Cheng. Lo reconozco. Le digo que lo reconozco. No puede creer que alguien lo reconozca por su veta artística. Le cuento sobre la nota. Amable, como siempre, revela: «Te puedo ayudar en lo que necesites para terminarla. Pero solo hasta esta semana, porque la semana que viene me voy a vivir a Buenos Aires: me gané una beca en comedia musical. ¿Viste? Los sueños, a veces se cumplen».

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Javier Galarza
Nació en Eldorado (Misiones), pero vive en Rosario desde hace más de diez años. Es cronista, productor audiovisual y miembro de la murga Los Vecinos Re Contentos. Condujo el programa Archivo Documental por 5RTV y junto a Huth Producciones participó del ciclo De Coplas y Viajeros, que obtuvo el Martín Fierro Federal como «Mejor programa musical». Actualmente publica sus crónicas en diversos portales de la web.