Entrar a militar, salir a jugar

Por Lorena Pontelli y Clarisa Leonard

En Argentina, el fútbol es uno de los bastiones de la cultura nacional, sin embargo más de la mitad de la población encuentra dificultades a la hora de practicar este deporte. Si bien en los últimos años creció el estímulo desde las asociaciones al fútbol femenino, las formas en las que estas medidas se territorializan en los clubes no deja de ser conflictiva. Clarisa Leonard y Lorena Pontelli nos cuentan su historia hecha de futsal y fútbol, de redes y amistades, de sábados en clubes rosarinos; de desafíos, a veces de amarguras, casi siempre de alegrías.

I

Es el atardecer de un sábado caluroso en marzo del 2014. Estamos por entrar por primera o segunda vez a una cancha de futsal, y estamos por perder por primera (pero no última) vez por muchos —muchísimos— goles contra las Libanesas, uno de los mejores equipos de la ciudad. La goleada duele en lo más profundo de la red donde tenemos que buscar tantas veces la pelota, duele en la rodilla que nos deja en una guardia a la medianoche, y duele más en la pregunta de un papá (que podría ser la de cualquier otro): «¿Y si seguías jugando al hockey?»1

Esa noche, condenadas durante sesenta minutos a un loop que pareció eterno, volvemos a casa con las mismas preguntas: ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Qué estamos queriendo hacer? Pero —nos decimos y nos convencemos por entonces— jugar al futsal no es más que una excusa para participar de un club de barrio, que está en proceso de recuperación para lxs vecinxs de una zona periférica rosarina. Así fue la propuesta que nos llegó desde una agrupación política de la facultad, una invitación que nos interpeló, removiendo toda una infancia de club y deportes, que ahora venía a converger con cierto deseo de transformación social. Por entonces, el futsal femenino ocupaba un lugar menor entre nuestras preocupaciones, no era un fin en sí mismo por el cual luchar. 

El Club Francisco de Godoy había permanecido casi dos décadas con las puertas cerradas para lxs vecinxs del Bella Vista. Se comentaba que el presidente (que había sido elegido en los 90 y luego había clausurado las asambleas) lo usaba «como el patio de su casa» y que pensaba vender el terreno para un negocio inmobiliario. Cuando los pibes de la primera del masculino pisaron por primera vez la cancha, a principios del 2013, quisieron quedarse. Habían empezado alquilando el espacio por hora, pero le pidieron permiso al «viejo» (el presidente interino) para competir en la liga de futsal local con los símbolos del club. 

Con el correr de los partidos, lxs pibitxs del barrio empezaron a agolparse, iban a verlos entrenar y los alentaban en cada fecha, peloteando sin parar alrededor de los jugadores. También lo hacían lxs vecinxs, contagiados por el entusiasmo que irradiaba la calle de Constitución al 2400. Surgió así un primer marco de oportunidades: para participar en la B, el masculino tenía que presentar una categoría de inferiores y un femenino en la asociación AROFUSA. 

De forma desprolija, pero con la esperanza de quien se siente «viento que todo lo empuja», empezaron a armarse las dos categorías: una inferior mixta (gracias a la prepotencia de Yani y Karen, que por entonces eran niñas y actualmente son jugadoras destacadas de la Sub-20) y un femenino que nucleaba a novias, futbolistas de potrero y algunas estudiantes universitarias. 

Guiadxs por los proyectos de los clubes El Luchador y El Federal, y respirando el final del verano kirchnerista, en poco tiempo el Godoy se tornó una promesa ensoñada. A nadie le cerraba usar el escudo y ganar sin poder ser socixs, tener que negociar con el viejo para festejar el día del niñx y la fiesta de despedida de año. Había que recuperar el club, rearmar una comisión directiva, abrir el libro de socios, regular los libros contables. Por entonces, la provincia estaba interesada en regular y aportar a los clubes de barrio en el marco del Plan Abre. Así fue cómo a principios de 2015 logramos reabrir las puertas del club. 

En ese contexto, las pibas nos identificábamos más como militantes sociales que como jugadoras de futsal. Entrenábamos bajo la dirección de algún compañero que nos hacía el aguante y casi nunca disponíamos de la cancha antes de las diez de la noche, porque el horario central «debe ser del masculino —nos decían—, el equipo más competitivo». Así, pagábamos el derecho de piso, mientras que los varones se (nos) figuraban tanto dueños de los clubes como de las asociaciones. 

II

En Argentina, el fútbol es uno de los bastiones de la cultura nacional, por lo tanto, produce y reproduce los imaginarios y representaciones de lo social, las creencias, sensibilidades y deseos más comunitarios. Catártico, violento, carnavalesco, hegemónico, contrahegemónico: popular. Sin embargo, nosotras —más de la mitad del país—, aún no estamos completamente incluidas. 

Hasta hace no mucho, ocupábamos lugares en la tribuna y en la hinchada, o esperábamos detrás de la pantalla de la TV el comienzo del partido, pero no estábamos representadas como futboleras. Más bien, el rol era decorativo: el ojo del camarógrafo se detenía en el cuerpo de una mujer joven si el partido estaba aburrido o enfocaba a la novia famosa de algún jugador, es decir, una botinera. No éramos consideradas espectadoras «capaces de entender» de qué se trataba, menos aún comentaristas calificadas y, menos que menos, jugadoras.

Si bien presenta agravantes singulares por tratarse de la disciplina machista por excelencia, la problemática del fútbol femenino se inscribe en una cuestión más amplia y compleja que tiene que ver con el rol público-social de la mujer. Aún hoy, las mujeres seguimos enfrentando obstáculos derivados de la división sexual del trabajo que dificultan el acceso a la práctica deportiva. En todas las edades, somos mayoritariamente las responsables de proveer cuidados y bienestar en las familias. Las madres han extendido su jornada laboral, sumando el trabajo por fuera del hogar a las tareas domésticas. Frecuentemente, estas responsabilidades también recaen sobre las niñas y adolescentes que deben cuidar a hermanxs o incluso a adultxs mayores. Todo ello restringe el tiempo libre disponible para el descanso, el ocio o el deporte, y ni hablar de competir profesionalmente. 

Estas desigualdades se profundizan y multiplican en deportes como el fútbol, en los que la lógica de poder patriarcal se conjuga con discursos como el sexismo, la masculinización, el exitismo. La «debilidad biológica» suele ser un argumento común: las mujeres no seríamos físicamente capaces de jugar bien, no poseemos la fuerza ni la destreza varonil y, en todo caso, cuando sí contamos con estos atributos, pasamos a ser descalificadas como masculinas o «marimachos».

Por otro lado, las desigualdades entre varones y mujeres son parte de un discurso exitista que conjuga profesionalismo con ganancias y acumulación económica. El fútbol es (también) un negocio: ríos de tinta se escriben diariamente sobre ventas multimillonarias de jugadores, mercado de pases, cotización en bolsa, lavado de dinero, evasión fiscal y todo tipo de dramas legales. En este marco, las lógicas del empresario de sí se concilian con las de la profesionalización del jugador. El futbolista es capital humano, su éxito se mide más allá de los resultados deportivos y, en tanto emprendedor, se asocia a las ganancias que él mismo produce. En contraste, la mujer está privada de producir ganancias en el fútbol. Esta disparidad conlleva la falta de apoyo y el repliegue de las asociaciones y los clubes, instituciones que se sostienen principalmente mediante estos negocios.

Y sin embargo, ¿cuántas niñas hoy quieren ser Messi? ¿Por qué nosotras no querríamos también jugar como él o como El Diego? ¿Cuántas compañeras de equipo perdimos? ¿Cuántas se tragaron las ganas y la bronca de no portar un nombre y un cuerpo masculino para jugar a la pelota en libertad?

III

Sin embargo, aunque hasta hace muy poco tiempo solo podíamos pedir permiso, la compleja relación entre mujeres, disidencias y fútbol es de larga data. Exhibe sus matices en cada rincón del planeta y, sin dudas, constituye uno de los tantos campos disputados y progresivamente inundados por el avance de los feminismos de la cuarta ola. Historizando brevemente, podemos nombrar una serie de acontecimientos que fueron marcando la inserción de las mujeres en este deporte.

A nivel internacional, el primer campeonato mundial de fútbol femenino fue realizado en 1970, en Italia. Pero no lo organizó la FIFA, institución que ofreció su estructura para tal evento recién en 1991 (es decir, seis décadas después del primer mundial masculino). Para entonces, participaron menos de diez países. Se destacó la ausencia de Estados Unidos (una potencia en este deporte) y del continente americano México fue el único seleccionado, luego en 1971 oficiará de sede de la segunda edición de esta Copa Mundial.

En este contexto, de por sí adverso, se inscribe la gesta de nuestras pioneras, el primer seleccionado argentino que, sin recursos, sin auspiciantes, sin entrenador y sin botines, a pura voluntad, ovario y donaciones, logró participar y alcanzar el cuarto puesto tras un histórico y arrollador 4-1 contra las inglesas (el 21 de agosto, fecha que será consagrada medio siglo después como “Día de la futbolista argentina”). Pero tendrían que pasar más de veinte/treinta años para que nuestra selección femenina volviera a disputar un partido internacional (en 1993 contra Chile) y competir en un mundial (en Estados Unidos, 2003).

Con más resistencia que entusiasmo, a principios de los 90 se inaugura la Primera División del fútbol femenino de AFA. Sin embargo, por tratarse de un torneo centralizado en Buenos Aires y en los clubes más grandes, y debido a la casi nula inversión, tanto de la AFA como de los clubes en las últimas tres décadas, el crecimiento del fútbol femenino no solo se vio obstaculizado —lo cual a su vez repercutió seriamente en los resultados del seleccionado nacional—, sino que además canceló la posibilidad de las mujeres de ser profesionales del deporte, lo que las obligó a conseguir pases en la liga europea o estadounidense.

Entre 2015 y 2017, la selección femenina de fútbol permaneció inactiva debido a que AFA no les pagaba los viáticos a las jugadoras. Pese a ello, en abril de 2018 participó de la Copa América y logró llegar a la semifinal, sin haber entrenado durante 18 meses por falta de apoyo económico. Pero las jugadoras se hicieron escuchar, logrando instalar en la agenda la problemática de la desigualdad de género en el fútbol argentino. Después de ganarle a Colombia, todo el equipo posó al estilo Juan Román Riquelme, imitando al Topo Gigio y buscando ser escuchadas. Esta protesta marcó un antes y un después: atravesadas por los reclamos de los feminismos, las jugadoras de fútbol se plantaron en la cancha como trabajadoras, tomando consciencia y a la vez exponiendo las desigualdades entre varones y mujeres en la alta competencia. 

Otro hito en la lucha por la igualdad de género ocurrió un año más tarde, cuando Macarena Sánchez de UIA-Urquiza y otras catorce jugadoras de primera iniciaron un paro reclamando derechos básicos, que se las reconociera mediante la efectivización de un contrato y un salario digno, ya que hasta ese momento solo percibían becas para viáticos. Ante esta situación, el club San Lorenzo ofreció quince contratos, e inició con ello el proceso de profesionalización de la liga femenina nacional. Seis meses más tarde, mediante la creación de un nuevo reglamento para el torneo 2019-2020 —y ante una creciente presión internacional—,2 la AFA debió exigir a los diecisiete clubes que integran la liga —entre ellos, Rosario Central— que tuvieran en su plantel al menos ocho jugadoras contratadas. En esta línea, la reciente televisación de la liga nacional por los canales de aire ha sido una de las últimas conquistas. 

Este breve racconto alumbra el ímpetu con el que se ha expandido la participación de las mujeres en este ámbito de la vida cultural, y la ciudad de Rosario no ha sido ajena a los vientos de cambio. A inicios del 2017, la mayoría de las jugadoras estábamos federadas en el futsal en las dos asociaciones que existen en la ciudad: Asociación Rosarina de Fútbol de Salón (AROFUSA) y la Asociación Rosarina de Fútbol (ARF), dependiente de la AFA. Mientras, el fútbol 11 se encontraba desarticulado, aunque de vez en cuando la ARF organizaba algún torneo que nucleaba a no más de seis o siete equipos3

A la par de este proceso, los torneos de fútbol 5 privados se multiplicaban en canchas de alquiler, concentrando gran cantidad de futuras jugadoras federadas. En contraste, el futsal ofrecía un espacio institucionalizado, la posibilidad de competir a nivel nacional en el seleccionado rosarino y de ser fichada en la selección argentina. Por entonces, no había mujeres ocupando el lugar de directoras técnicas, los equipos eran liderados por varones que venían de las filas del masculino, siendo pocos los profesores de educación física o capacitados en la materia.  

Sin embargo, el escenario comenzó a mutar en los últimos tres años. Algunos datos alcanzan para dar cuenta del crecimiento acelerado que está viviendo el fútbol femenino a nivel local. La ARF ya cuenta con tres divisiones de primera de fútbol 11 y nuclea a 42 clubes. Asimismo, si cuatro años atrás esta asociación no convocaba a más de ocho equipos de futsal, en la actualidad existen 2 divisiones y 35 clubes inscriptos. El mismo crecimiento puede observarse en AROFUSA, que cuenta con 2 divisiones de primera y una flamante categoría de maxi, primera experiencia federada de “veteranas”. 

A ello se le suma la incorporación de jugadoras —muchas de ellas, profesoras de educación física— en los planteles técnicos, como DT y preparadoras físicas. Este gran paso ha implicado que nuestras compañeras fueran protagonistas en la transmisión de conceptos deportivos que hasta el momento eran enseñados y exhibidos por cuerpos masculinos. No obstante, como sucede en otros ámbitos, las profes se enfrentan cotidianamente a una exigencia extra en la labor de construirse a sí mismas y ser reconocidas como figuras de autoridad e idoneidad. En esta ardua tarea se encuentran bajo la constante supervisión patriarcal de padres, madres, jugadorxs y dirigentes de clubes, desconfianzas y exigencias que cargan las DT solo por ser mujeres y que se incrementan cuando están a cargo de categorías masculinas. 

Por lo tanto, no todo es color violeta. Si bien en los últimos años es notable el estímulo dado desde las asociaciones, las formas en las que estas medidas se territorializan en los clubes no dejan de ser conflictivas. Las jugadoras continuamos subordinadas a las «necesidades» de las categorías masculinas, es decir, a sus privilegios, que suelen ser encubiertos por los dirigentes deportivos como prioridades del club. Estas desigualdades se traducen en los horarios de entrenamiento y partidos, en el acceso a las instalaciones y en el reparto de fondos comunes para gastos relativos a la competición. 

IV 

Entre estos avatares transcurre nuestra historia, una historia personal y colectiva, hecha de futsal y fútbol, de redes y amistades, de sábados en clubes rosarinos; de desafíos, a veces de amarguras, casi siempre de alegrías… Hoy, cuando todavía queda tanto por hacer y por crecer, por subvertir para igualar y transformar, el fútbol femenino es ya una realidad que —bajo el pie prepotente de centenares de pibas— va ganando y ocupando, progresiva pero irrefrenablemente, las canchas de esta y otras ciudades del país. 

Cuando le preguntaron a Maca Sánchez, en la conferencia de prensa de 2019 tras haberle ganado por goleada a la AFA, si con ese triunfo ya alcanzaba para profesionalizar el deporte, la jugadora de El Ciclón respondió contundentemente: no, sin las inferiores no se puede. Para quienes veníamos trabajando desde los clubes de barrio en la creación de líneas inferiores, escuchar esa certeza compartida no hizo más que reafirmar nuestro propósito. 

En apenas tres años habíamos cambiado. Desde que el Godoy abrió sus puertas al debut en 2017 de las primeras inferiores de Rosario, algo ocurrió. De militantes sociales a jugadoras del fútbol femenino, en ese pasaje habíamos encontrado un deseo colectivo y genuino. Aún nos resulta difícil determinar cuándo, en qué momento comprendimos y asumimos que ocupar un lugar en la cancha y defenderla para otras compañeras, para las que ya no están y las que están por venir, era un compromiso político. Pero lo cierto es que en el verano de 2017 las jugadoras de la primera no podíamos sacarnos la idea de la cabeza: teníamos que crear, al menos, una Sub-15 y darle lugar a las pibitas que se sumaban a nuestros entrenamientos con hambre de gol. 

Tras conversar con jugadoras y DT de otros clubes, fue evidente que no estábamos solas: varias compañeras deseaban no solo crear las inferiores, sino también asumir la responsabilidad de transmitir sus experiencias y conocimientos como DT. El entusiasmo se fue contagiando y, con el apoyo de AROFUSA, cinco clubes presentaron equipos (Newell’s, María Madre, Rosario Central, Godoy y ACJ), creando así el primer torneo de inferiores de futsal femenino de Rosario. Actualmente, este torneo se ha dividido —o multiplicado— para alojar a diversas edades: las categorías C-20, C-17 y la flamante C-13 (conformadas por 6, 5 y 4 equipos, respectivamente). 

Asimismo, pandemia y crisis mediante, el impulso no se detiene y en octubre, Rosario fue sede de un histórico evento: el primer torneo nacional de inferiores femeninas, que reunió a clubes de todo el país. Durante una semana, las canchas de Newell’s y del Godoy se colmaron de jugadoras sub-17 y sub-20 de Rosario, Comodoro Rivadavia, Mendoza, Victoria, Gualeguaychú y Buenos Aires. 

También se llenaron las tribunas, de familias, amistades, dirigentes. Pero, principalmente, se llenaron de niñas, pibitas de entre 5 y 12 años: toda una nueva generación de hijas, hermanas, sobrinas, que van creciendo a la par del fútbol/futsal femenino; siguiendo los partidos por la TV, vistiendo la 10 de Banini, acompañando y alentando a sus mamás en entrenamientos y partidos. Y, fundamentalmente, reclamando su derecho a jugar, ya no en la calle con hermanos y primos ni tampoco en las mixtas, sino en sus propias categorías. Así, a lo largo de 2021, AROFUSA viene impulsando la conformación de una «mini-fem» y ya se han concretado cuatro encuentros entre unos seis o siete equipos de la ciudad.     

La ARF, por su parte, se sumó a esta tendencia y ya ha organizado algunos encuentros entre “escuelitas”. Sin embargo, a pesar de ser la liga más competitiva en el nivel de primera, aún no cuenta con ningún torneo oficial de futsal para las juveniles ni inferiores. Sin dudas, lejos de ser un mero dato de color, esta situación contradictoria exhibe un escollo central para el desarrollo del deporte. En contraste, como vimos, la ARF y los clubes asociados vienen estimulando el crecimiento del fútbol de campo. A las tres líneas de primera en la que pueden competir jóvenes desde los 15 años, se sumaron a mitad del 2021 las categorías Sub-16, Sub-14 y la llamada «Baby» que se divide en Sub-8, Sub-10 y Sub-12. De esta forma, en menos de dos años, la ciudad ya cuenta con varios certámenes oficiales donde participan unos diez clubes aproximadamente.

Quizás sea por la frescura de las más pequeñas que una atmósfera de alegría se respira en el fútbol femenino y oxigena los días de nueva normalidad pospandemia: el sentimiento de estar siendo parte de una fuerza que empuja y resiste, la trascendencia de un «nosotras» que no tiene líderes ni nombres propios. Así, mientras agradecemos a compañeras por cruzarnos con una pelota que nos cambió para siempre, mientras disfrutamos de cada partido como si fuese el primero, preguntándonos si será el último o si podremos seguir resistiendo un mandato treintañero que —bajo la forma de la (re)productividad— liga trabajo, profesión y maternidad y desliga cuerp(a)s y deseos del juego y el ocio… en ese mientras en el que fuimos descubriendo una forma de militancia social-deportiva-feminista, la inquietud por la continuidad se impone. Una inquietud y una continuidad que, inexcusablemente, se juegan y se definirán en las categorías inferiores, juveniles y veteranas; es decir, en la posibilidad de que cada niña, adolescente y mujer encuentre un lugar en la cancha, en los clubes y asociaciones.


1 Aunque se han denunciado las desigualdades en torno a la participación de la comunidad trans, queer e intersex en el fútbol, no existen por el momento espacios (institucionalizados o informales) que sean propios de estas identidades por fuera del fútbol femenino. Por lo tanto, en este artículo optamos por la categoría mujer o femenino para referirnos a las prácticas de las subjetividades feminizadas en general, debido al amplio uso que tienen ambos significantes en el ámbito futbolístico. Usos que, como desarrollaremos, no son estancos y están en constante resignificación. No obstante, destacamos las fuertes limitaciones conceptuales de estos términos a la hora de incluir a las disidencias LGBTIQ+ que disputan el carácter binario y heterosexual del género —en particular, en el ámbito futbolístico—.

2 En los últimos años, apuntalada por las experiencias de otras federaciones internacionales y por la creciente demanda, la Conmebol ha tenido distintas iniciativas de promoción del desarrollo del fútbol 11 femenino. Una medida fundamental fue adoptada en 2016: esta obliga a todos los clubes de Sudamérica a tener equipos femeninos a partir de 2019. De lo contrario, no pueden competir en instancias como la Copa Libertadores o la Sudamericana.

3 Entre 2010 y 2017, se ensayaron distintos torneos en el marco de la Asociación Rosarina de Fútbol que, por falta de estímulo tanto de la asociación como de los clubes, tenían un ritmo discontinuo y nunca lograron asentarse como liga. 
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Lorena Pontelli y Clarisa Leonard
Lorena Pontelli nació el 17 de abril de 1991, en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Vive en Rosario, ciudad a la que llegó para estudiar en el 2009 y encontró, en el verano de 2014, un arco de futsal como otro lugar en el mundo. Politóloga, becaria de CONICET (en estudios de memoria y violencia política) y arquera de futsal. Clarisa Leonard es rosarina por adopción, politóloga por la universidad pública, amante de lxs gatxs y jugadora de futsal desde hace casi 10 años, cuando paró una pelota con la suela y se convirtió en poste.
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