De las piedras, agua

Por Marco Mizzi | Fotos: Juan Ignacio Porta

Pasando el Puente Rosario-Victoria, entre las cuchillas entrerrianas se esconde Gobernador Febre, un pueblo de no más de doscientos habitantes y cincuenta casas. Antes de la pandemia la localidad duplicaba sus habitantes varios días por semana. Venían de diferentes lugares a visitar a Esther, una vidente que desde hace más de cuarenta años recibe personas en su casa. Colas de autos y bicicletas aguardan por un turno y una conversación que les devuelva algo de fe. Marco Mizzi cruzó el Paraná en busca de esta historia, esperó a que bajara la niebla y escribió lo que sigue.

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Cuando se profieren palabras, o sabemos o no sabemos qué significan; si lo sabemos, más que aprender, recordamos; y si no lo sabemos, ni siquiera recordamos, si no que acaso se nos impele a que busquemos.

San Agustín

Son las 2.59 del Martes Santo de 2021.

Estoy solo, en medio del campo, arriba de una loma. Miro la Vía Láctea. Veo su luz, el resplandor viscoso que forman las estrellas más distantes, o más antiguas. Intento ponerles nombre a las más jóvenes. Sólo identifico las Tres Marías. Y no me dicen nada. Resoplo. Me entristece un poco lo lejos.

—¿Qué hago acá?

Doscientos metros hacia el oeste, sobre otra loma, brilla la luna. Con su brillo recorta una hilera de autos que hacen guardia frente a una casa. Excepto el cielo, todo —los autos, la casa, mi ánimo— está completamente a oscuras. El viento silba entre las ramas de un árbol que, como las estrellas, tampoco puedo nombrar. Dentro de la casa, descansa Esther Gardella, sanadora y vidente.

Al menos, creo que descansa. Es imposible decirlo. ¿Sabe ella que estoy acá afuera, sin poder dormir, esperándola? Si es cierto lo que dicen, ella lo sabe. Cuentan que una vez vino un remisero trayendo a una gente desde Córdoba. A la hora señalada, cuando la vidente sale ella misma a repartir los turnos, el remisero en cuestión fumaba a un costado. Esther se acercó y le dio un número.

—No, pero mire que yo soy chofer nomás. Traje a…

—No importa. Vos pasá a verme. Tenemos que curarte esa diabetes.

El remisero quedó de cara. Asintió en silencio. No le había dicho a nadie que aquella misma semana el médico le había dado un ultimátum: o empezaba un régimen estricto o la enfermedad se lo llevaba puesto. Un año después de ver a Esther, ya no tuvo necesidad de picarse insulina.

Eso cuentan, y otras cosas más. Cuentan, pero pocos se preguntan, o si lo hacen no es en voz alta. Hay una cuestión en particular que me taladra la cabeza: ¿cómo será estar consciente de todo? ¿Conocer el nombre, el Verdadero Nombre, de las cosas? ¿Se puede decir basta en algún momento? ¿Duerme Esther? ¿De qué vigilias están hechos sus sueños, si los tiene? ¿Y sus pesadillas? ¿Despierta, usted, Esther?

Todavía no sé que nunca voy a saberlo. Son las 3.39 de un Martes Santo, y estoy en medio del campo. Cruzo el alambrado, bajo al camino. Las piedras que hacen las veces de cordón parecen supurar neblina. Me acomodo en el asiento de atrás de nuestro auto. Mis dos compañeros roncan en los de adelante. Me tranquiliza que estén cerca.

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Son las 23.03 del Lunes Santo. Un día como hoy, Dante, perdido en la selva más selvosa, comenzaba un viaje. Setecientos veinte años después, junto a C. y P. estamos a punto de iniciar otro. Descubrir esa simetría es estimulante. Respiro hondo. Escalera arriba: beso a mi familia. Escalera abajo: una lata de cerveza se abre con un ruido a chispas. Coincidentemente, suena una bocina.

Al rato estamos cruzando el Puente Rosario-Victoria. Entramos en las islas hablando de Isabel Perón. Llegando a Victoria, hablamos de trabajo. Después del control policial, hablamos de viajes. Hablamos y hablamos hasta llegar a Febre. Ahí callamos.

El pueblo es chiquitito. Una calle que cruza en 45 grados a la ruta provincial 26 y que tiene cinco cuadras. La iglesia, con un rosetón gigante. La comisaría, que parece vacía.

—¿Dónde será?

P. se inspira y dobla hacia la izquierda. Nos encontramos con la escuela. Enfrente hay un kiosco. Bajo a preguntar qué onda. Veo una bandera gigante del Gauchito Gil. Veo carteles de la escuelita de futbol que comienza la semana que viene. Veo una tele sintonizada en una película doblada a todo volumen. Pero aunque golpeo y golpeo las palmas, no sale nadie.

A cien metros de ahí, hay un farol que se prende y se apaga. No es que titila: está treinta segundos prendido y treinta apagado. C. dice que es una señal. No en el sentido de augurio, si no de referencia. Efectivamente: pasando el farol, encontramos cinco autos esperando frente a una casa a oscuras. En unas horas los vehículos van a ser unos quince, sin contar motos y bicicletas.

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Son las 2.03 del Martes Santo.

P. duerme en el coche. C. y yo estamos echados en nuestras reposeras. Hablamos con nuestros vecinos de la fila. Son dos matrimonios de gente grande, que vienen desde Arroyo Seco.

Uno de los viejos es un colectivero jubilado, casi arquetípico: zapatillas, pantalón de vestir, campera de la Semtur, cara inteligente, pelo largo con flequillo y patillas, conversación divagante cargada de ironía. Está acá por sexta vez: su señora, que descansa en el auto, tiene problemas en la rodilla y siempre le pide que la traiga. Él asegura no creer. Pero dentro de unas horas, en la salita de espera de la casa de Esther, lo vemos renegar con su celular buscando fotos de su hermana, enferma hace unos meses.

El otro viejo es fletero. Es la primera vez que viene. Tiene un barbijo con una estampa de una mano en V. Cuando su amigo lo señala y nos dice «pasa que es kirchnerista» —como quien dice que alguien es medio boludo—, el fletero se encoge de hombros y prefiere no acotar nada. Al contrario, cambia de tema: saca del bolsillo de la camisa un pedazo de corteza de árbol. Lo obtuvo del ejemplar que está junto a la casa, el que a las 3.27 estoy viendo sin poder darle un nombre.

—Me dijeron que trae suerte —dice el viejo a las 2.15.

Este fragmento de la charla es el único de todo el viaje que roza, aunque sea lateralmente, «lo místico». El resto de las conversaciones, excepto la que tenemos entre nosotros o con la propia Esther, es sobre temas mundanos: la inseguridad, el clima, el precio de las cosas, el futbol.

A las 2.38, cuando los viejos empiezan a hablar de autos, C. se levanta, aburrido, y anuncia que se va a dormir. Noto la decepción en su cara. Yo también la siento. Esperaba que esta noche pasara cualquier cosa. Lo que nunca hubiera previsto es que iba a tener que fingir conocimientos de mecánica frente a dos desconocidos.

Al rato, los viejos me dicen que también se van a acostar. Quedo solo. Cruzo el alambrado.

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Son las 5.04.

Acabo de soñar —si tan sólo supiera por qué— con Silvia Suppo. Tengo calor. Salgo del auto.

Una mujer joven pasa con balde y trapeador. Entra a una de las tres construcciones que están al costado del camino, entre el farol que se prende y apaga y la casa de Esther. Son los baños para los peregrinos, construidos por la merced de un fiel de buena posición económica. La mujer deja el balde sobre el suelo, abre la canilla, saca su celular del bolsillo para alumbrarse. Si tuviera talento para el dibujo, registraría la escena: la curva de la espalda inclinada, la luz de la linterna reflejada en los azulejos, el azul profundo del cielo de atrás de la casilla.

En eso veo venir a Esther.

Es rubia, petacona, usa lentes. Parece una almacenera, no una sanadora. Con tono de paisana entrerriana me pregunta cuál es mi auto, cuántos somos. Me da un número. Y se va. Despierto a mis compañeros, se las señalo.

—Así que esta es la bruja… —me dice P. entrecerrando los ojos. —Vas a tener que sacarle agua a las piedras para hacer la nota.

—Ante la duda, pateá fuerte y al medio —me ruega C.

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Son las 6.23.

Salgo del despacho de Esther como si hubiera recibido una sesión de masajes que incluyera ingesta de hachís y explotadura de plástico de burbujas. Tengo ganas de bailar.

C., que no quiere entrar, me acompaña al patio. Desde ahí vemos cerrarse la puerta del despacho tras P. Pasan algunos minutos, en los que inútilmente trato de contarle a C. qué es lo que acaba de pasar.

—Nooooooooooo, chabón… —me interrumpe el grito de alegría de P. al salir.

Se nos acerca: tiembla. C. ríe. Yo, que acabo de encontrar una birome en el piso, escribo esto. Compartimos un cigarrillo.

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Son las 5.37 del Martes Santo de 2021. Le compro un café a Haydeé. Es consuegra de Esther. Hace treinta años que se levanta todos los días a las cuatro de la mañana, agarra su coche y viene desde Nogoyá para ofrecer a los peregrinos bebida y comida. Hablamos un rato sobre nada. Cuando le pregunto si vende velas o medallitas, se ríe.

—Si querés llevarte algo, sacá agua de la canilla de acá afuera para que Esther te la bendiga.

Haydeé se disculpa y se va a prepararle el desayuno —salamín, queso fresco y miel— a otro peregrino. Hago fondo blanco y me acerco a la casa.

Todas las luces están ahora encendidas. El árbol inefable sigue bailando al viento. A sus pies, una piedra está clavada en el suelo. Tiene escritos en ella los días de atención. Unos pasos más allá, una puerta con ventanas me lleva a la sala de espera.

Me acuerdo de El Manosanta está cargado, la escena en la que Olmedo y César Bertrand hacen fila para esperar al Pai José. En la película, el lugar donde atiende el supuesto curandero parece una feria de carnaval. Hay puesteros, comida, música, gente corriendo, un show con bataclanas. Mientras producíamos la nota, leíamos los apasionados relatos en el grupo de Facebook «Esther Gardella – Febre, Entre Ríos» e imaginamos algo así. Pero nos encontramos con el reverso exacto.

En las paredes verde agua, imágenes de Cristo, María, el Gaucho, San Pío de Pietrelcina y Ceferino Namuncurá conviven con anuncios de servicios de remis desde y hasta Rosario, Córdoba, el Gran Buenos Aires, San Miguel de Tucumán. Alguien aprovechó el revoleo y pegó en una esquina un volante de su empresa de aberturas.

Sentados en banquitos, están los peregrinos, pacientes de este centro de salud existencial. Conviven todas las edades y razas. Abundan los rengos. Como es la costumbre de la casa, la conversación, cuando la hay, es ligera. Hay sonrisas corteses y hay cabezas gachas, manos hundidas en los parietales. Hay perfume a Heno de Pravia. Hay un veterano de Malvinas, amarillo por la cirrosis, que cuenta chistes y se chamuya a la mujer del colectivero. Hay un indio cuyos dedos del pie se asoman sedientos como lenguas por la boca de sus borcegos rotos. Hay murmullos entre la gente que está afuera. Hay dos rubias que nos miran a todos con cara de susto. Hay un grupo de pibas abrazadas: una de ellas, la que viene a ver a la sanadora, tiene las ojeras más negras que el negro de sus ojos. Hay tres tipos, con pinta de haber dormido mal, que esperan algo.

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Son las 6.48.

P. saca la cámara y fotografía al mar de niebla que se formó sobre las lomadas. C. me pasa un mate y me pregunta si ya sé cómo encarar la nota. Me encojo de hombros. Sólo tengo un mandato, me lo dio Esther al despedirme:

—No me transformes en figurita. —Señaló con la cabeza la selva de imágenes que cubría la pieza.

En la puerta de la casa, sentados en ronda, veo a unos peregrinos recién llegados. Entre ellos resalta una mujer. Está reclinada sobre su reposera, con un bebé a upa. Tiene los ojos idos, como si estuvieran hechos de un material radioactivo, que derramara sobre el mundo una tristeza honda e inexorable.

Esther sale al patio, la ve. La hace pasar sin preguntarle nada, ni siquiera el turno.

Tarda diez, veinte minutos. Cuando sale, le devuelven el bebé, y vuelve a acomodarse en la reposera, en la misma pose de antes. Pero ahora en sus pupilas algo brilla. Una frecuencia de luz que ella intercepta, al menos en parte, en la desolación. Y que llega hasta mí, y me conmueve. Oro.

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Son las 6.12.

La vidente despide al remisero y su señora, y se nos queda mirando.

—Pase uno —dice al fin.

Entro yo. Me hace tomar asiento.

Lo primero que pienso al contemplarla —¿al sentirla?— es en el miedo de que nadie me crea cuando lo cuente.

Esther es, como dije, petacona. Andará como mucho por los sesenta años. Rostro ovalado, pelo teñido de rubio, pómulos salientes, nariz levemente ganchuda. Decir que usa lentes es una buena excusa para no describir el color de sus ojos.

Ella sigue callada, mirándome. Estoy nervioso, así que hago lo que sé hacer: me pongo a inventariar la habitación.

El despacho de Esther Gardella es la pesadilla de los iconoclastas. Una multitud de imágenes ocupa cada centímetro de la habitación, al punto de que se vuelven indistinguibles a simple vista. En una ojeada rápida identifico a la Virgen de Itatí y a Santa Rosa de Lima. También noto un cuadro de Velázquez: La cena de Emaús.

Así se titula la secuencia del Evangelio en que Cristo, ya resucitado, se encuentra en un camino con dos apóstoles. Si San Lucas hubiera tenido un poco de sentido del humor, se podría haber mandado tremendo paso de comedia. Porque los apóstoles tienen los ojos velados y no reconocen a Jesús Se lo confunden con un vagabundo cualquiera. Enseguida se le ponen a contar que eran seguidores de un tipo al que mataron. Jesús se hace el boludo. Supongo que piensa: «Estos cuando me torturaban no movieron un dedo, pero ahora se mandan la parte». Sin embargo, les sigue la corriente: después de todo, es Jesús. Caminan juntos charlando —en realidad los apóstoles monologan— de esto y aquello. Al llegar al pueblo de Emaús, los apóstoles, que se ve que lo vieron medio muerto de hambre al Cristo, lo invitan a cenar en una posada. Ahí siguen lamentándose y entonces Jesús decide que es suficiente: toma el pan, lo bendice y lo parte. Los apóstoles caen por fin en la cuenta, pero es tarde: Él se esfuma en el aire.

Velázquez pintó la escena como nadie jamás pintó ni pintará un motivo religioso. No elige enfocarse ni en Cristo, ni en los apóstoles, ni en el paisaje de Palestina. Toma como figura central de su obra a la posadera de Emaús. Nos muestra a una negrita en la cocina, oyendo a través de la ventanita de servicio cómo Jesús se revela como el Hijo de Dios. Velázquez no la pinta con el típico tono de denuncia al que nos tienen acostumbrados los cronistas del pobrismo, ni con ese aire bonachón con el que el patrón celebra la mansedumbre pintoresca del lacayo. La mulata del cuadro está retratada en toda su dignidad obrera, siendo el centro de la composición triangular: de un lado de la isocefalia está lo sagrado, del otro los elementos de trabajo.

Un ruido extraño hace gravitar mi cabeza: Esther Gardella está de pie frente a mí. El sonido sale de su pecho. Parece una letanía, o un canto de cuna.

La sanadora mira hacia arriba, mueve los dedos. Ahora enumera partes de mi cuerpo. Después de mi alma. Lo hace a toda velocidad. Casi no se entiende lo que dice. Me resulta imposible emplear otros términos que estos: es como si estuviera corriendo un antivirus en la computadora de mi vida: la pantalla anuncia los procesos que se están llevando adelante, pero no se llegan a leer.

Entonces de golpe termina. El miedo a no poder explicarme se va. Todos los miedos se van.

Esther Gardella empieza a conversar, y me escucha, y me responde, pero no es que hablo yo o dice ella.

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Marco Mizzi
Marco Marcelo Mizzi nació en Rosario, en otoño de 1991. Es escritor y trabajador de prensa y comunicación. Miembro de la redacción de Revista Apología, también colabora en otros medios de la ciudad y el país. Formó parte de las cooperativas editoriales Tercer Mundo y Pesada Herencia. Publicó varios folletines de poemas y cuentos, y las novelas City Center (Pesada Herencia, Rosario, 2017) y Perversidad (Eloísa cartonera, Buenos Aires, 2020)
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